Levantó la mirada de su guía de viajes un momento para observar al último pasajero que se subía al autobús. Timothy tuvo la impresión de que podía haberle visto antes, pero aquello era muy poco probable. Llevaba una gorra negra, calada completamente sobre sus ojos, cuello vuelto gris oscuro, una chaqueta igual de negra. Un atuendo apropiado para capturar el poco sol que pudiera dar la primavera irlandesa pero sin duda inusual, entre las cazadoras fucsias, naranjas y verdes del resto de turistas. Bajo la sombra de su solapa podía ver un fino bigote negro. Caminaba despacio, como si no le importase tener a todo el mundo esperando, como si no llegara tarde, ignorando las miradas de desaprobación del resto de viajeros. Tim apartó la mochila del asiento contiguo. No quedaba otro libre.
- Buenos días – susurró bajo su bigote mientras se sentaba
- Hola – Timothy refugió la mirada rápidamente en el paisaje. Había discutido terriblemente con sus padres hacía poco. Aquel era un viaje curativo, para olvidar malas experiencias, no para recordarlas. Lo último que parecía necesitar su nuevo compañero de asiento era conversación pero por si acaso.
El conductor del autobús comenzó la charla por la que sus pasajeros habían pagado 37 euros
- Hola, mi nombre es John Bolton, bienvenidos al tour por el suroeste de Irlanda que nos permitirá visitar algunas de las zonas que más sufrieron en su momento debido a las hambrunas del siglo XIX. Me he permitido poner aquí arriba las horas a las que tienen que volver al bus después de cada visita para que no tengamos que esperar a nadie – el micrófono se acopló con un pitido y los pasajeros se llevaron las manos a los oídos, un par de niñas gritaron – Oh no…
Bueno, un tour sobre los lugares de la hambruna no era precisamente lo más anímicamente positivo que podría haber escogido, pero al menos podría ver el paisaje. Dejaron atrás el Liffey mientras salían de Dublín.
El día pasó de parada en parada. Tim tuvo la ocasión de observar al extraño en la distancia. Su comportamiento resultaba bastante enigmático, siempre separado del grupo, hablando con la gente de las granjas en lugar de escuchar las explicaciones del guía. Era evidente que estaba buscando algo muy concreto y que aquel no era un viaje de placer.
En un momento se puso a hablar cerca del autobús con un hombre mayor, que le recibió con camaradería. Llevaba una gorra calada de tweed, tradicional irlandesa, pantalón de tirantes y camisa roja a cuadros y Tim no pudo evitar pensar que todos los granjeros se le parecían un poco. Bien podían estar en Kansas y no en el condado de Cork. Captó una conversación sobre el periódico local y cómo se habían apañado para mantener las copias circulando durante los malos tiempos. Tim, que era periodista, no pudo evitar pensar que quizás el tour más interesante era el alternativo.
Cuando el extraño compañero se sentó a su lado, Tim dudó varias veces sobre preguntarle y al final resolvió no hacerlo. El pasajero inició la conversación por él.
- Lo que no me gusta de estos tours organizados es la falta de tiempo entre las paradas. Se averiguan muchas cosas interesantes hablando con los locales…
Tim no contestó. Se sentía triste, como desde hacía una semana, y no recordaba muy bien por qué. Se había levantado en su apartamento, donde vivía solo, con una gran sensación de tristeza y una necesidad urgente de escaparse. Había hecho una maleta de mano y se había ido al aeropuerto. Siempre había querido conocer Irlanda. La voz de aquel desconocido le recordaba a la de su padre, le reconfortaba pero a la vez le entristecía. Era una sensación contradictoria.
- Me han estado hablando de la historia del periodismo local, es increíble lo mucho que los periodistas aman su profesión. Pueden estar con terribles problemas, sin tener nada que llevarse a la boca, pero sigue siendo importante para ellos… Conseguir la tinta, hacer funcionar la prensa, llevar la edición al mayor número de personas posibles. Me ha contado cómo iban con la bicicleta por los caminos, algunos de los repartidores apenas tenían fuerzas en las piernas, pero ahí iban con los periódicos, apenas una hoja impresa por delante, recorriendo grandes distancias entre casa y casa para dar esperanza y que la gente no se sintiera tan aislada. No hay nada peor que sentirse solo en la desgracia.
Tim le miró, sorprendido de que un extraño le hablara tan sinceramente. Le parecía que le hablara con cuidado, con cariño, ¿estaba seguro de que no le conocía?
- Perdona, quizás el periodismo no te interesa en absoluto y yo estoy aquí hablando sin parar…
- Me interesa. Me interesa mucho. Yo soy periodista.
- ¿De qué periódico? Tengo algunos amigos en el sector… Quizás os conocéis.
- Bueno, es más bien como una gaceta, no sé si se puede llamar periódico siquiera. Lo fundamos nosotros mismos. Es de ámbito universitario, lo llamamos el Starlight. Ya sé que es un nombre un poco de ciencia ficción… Pero a los estudiantes les gusta y funciona muy bien. Ayuda a que se interesen un poco por lo que está pasando, a veces parece que están en una burbuja en la facultad.
- Tiene su sentido, la luz de Star City… Es un buen nombre.
- ¿Cómo sabes que vengo de Star City?
- Lo pone en tu mochila – señaló el nombre, que hacía propaganda de la ciudad.
- Sólo es un dibujo publicitario. Podría haber ido de turismo…
- Era una posibilidad.
Hubo un momento de silencio, tras lo cual el extraño volvió a hablar.
- Escucha, creo que eres un chico muy inteligente, joven, estás dirigiendo un periódico, aunque sea de ámbito pequeño. Suena a gran promesa y yo soy empresario, no me gusta dejar pasar oportunidades. Piénsalo. Cambio de trabajo, cambio de ciudad, una plataforma desde la que poder hacer llegar tus ideas a más gente…
Tim aguardó un momento en silencio. Un cambio de aires no le vendría nada mal. Quizás podría desempañar la tristeza que tenía. Las oportunidades laborales no se debían dejar pasar así como así cuando venían dadas tan generosamente. Tenía la ocasión de trabajar en un periódico de verdad.
- Escucha, te daré mi tarjeta. Mándame tu currículum pero te adelanto que me gustaría tener una entrevista personal contigo en la próxima semana. ¿Hecho?
Tim le estrechó la mano que él le tendía
- Está bien
El desconocido se ajustó la gorra negra y se bajó del autobús, que ya entraba en la estación central de Dublín. Tim se quedó atónito leyendo la tarjeta. Bruce Wayne, de Industrias Wayne, 1315 de la Quinta Avenida. Ciudad de Gotham. No podía creer que hubiera estado hablando con uno de los hombres más poderosos de los Estados Unidos.
***
En la mansión Wayne había múltiples habitaciones para invitados. El señor Wayne, ya sin bigote y sin gorra, se paseaba por los jardines, mostrándole las dependencias. Tim se preguntaba si sería igual de atento con todos sus empleados.
- Ya sé que no es muy habitual que te alojes aquí – le dijo él, adelantándose a sus pensamientos – pero no vi ninguna razón para no hacerlo. He sido yo el que ha insistido en que vinieras, a gastos completamente pagados. Las reservas no se nos suelen resbalar así, pero no sé qué ha pasado con la tuya…
Tim quedó pensando que Industrias Wayne podía conseguir una reserva inmediata en cualquier hotel de la ciudad con una simple llamada. Era evidente que el señor Wayne le estaba ocultando algo. Tim era suficientemente inteligente como para saber que no era una situación habitual y que le estaban poniendo excusas de poca consistencia. Sin embargo, no sentía desconfianza hacia el señor Wayne, sino familiaridad. No podía quitarse de encima la sensación de que le conocía.
- Me alegro de que te incorpores a nuestra gran familia. Si necesitas algo sólo tienes que llamar a Alfred. Bienvenido al Gotham Post.
- Gracias – dijo Tim
Cuando Bruce Wayne se marchó, Timothy Drake se echó hacia atrás en la cama y quedó mirando el techo ricamente estucado de una de las muchas habitaciones, inmensas, con que la mansión contaba. Gran familia había dicho. Sólo eran tres. Bruce, Alfred y él mismo. Pero se sentía como en casa.
***
La semana transcurrió con ilusión y muchas novedades. El ambiente en el periódico era magnífico, Gotham era una ciudad vibrante y culturalmente viva, aunque sus noches tuvieran fama de terriblemente peligrosas. De todas las nuevas circunstancias que había introducido en su vida, el periódico era la que le resultaba más fresca y desconocida. Eso calmó su paranoia acerca de la sensación de dejavú que tenía sobre todo lo demás y tranquilizó su ánimo. No había reunido fuerzas suficientes para llamar a sus padres y contarles las novedades. Después de la terrible discusión que habían tenido aún temía enfrentarse con ellos. No sabía hasta cuando dilataría aquella situación de silencio. A veces si preguntaba si volverían a hablarse alguna vez.
Una tarde en que estaba en la cocina, Alfred le pidió que fuera a las bodegas a por vino para la cena. Tercera puerta a la derecha le dijo. Recorrió el pasillo en semipenumbra, buscando algún indicio de las botellas apiladas pero aquel sótano parecía una galería expositora, un túnel oscuro con flexos iluminando distintos recortes de periódico, enmarcados sobre las paredes: El hombre murciélago reaparece sobre el cielo de Gotham, Batman pone entre rejas al Espantapájaros, El chico maravilla desaparece en una emboscada… El chico maravilla…
Un ascensor metálico se mostraba lúgubre al final del pasillo. Lo miró un momento, paralizado, y poco a poco se dirigió hacia él como si lo llevara un encantamiento, temeroso pero inevitablemente atraído por su misterio. Algo le aguardaba, tenía que cogerlo. Sus dedos inseguros abrieron la reja y entró para enfrentarse a lo que pudiera esperarle. Su espíritu presentía una figura informe, gigantesca y oscura bajo una manta imaginaria. Era como un niño en una casa vacía, que escuchara ruidos y palabras desde su cuarto en medio de la noche y tuviera miedo de abrir la puerta. Se enfrentaba a un fantasma y no sabía bien qué forma tendría pero sospechaba que debía ser terrorífica. Sentía el sudor frío mientras el ascensor descendía a los infiernos de la mansión Wayne. Era un descenso a su propio subconsciente y a sus demonios.
Los demonios estaban allí, vacíos de carne, colgados, flotando dentro de las urnas como espectros. Tim abrió la urna y acarició uno de los trajes del caballero oscuro, la blindada armadura de Bruce Wayne, la capa derramada por el suelo como una gran mancha de tinta negra. Cerró el cristal y pasó junto al batmóvil, gotas ocasionales rodaban por las estalactitas de la batcueva y le salpicaban mientras caminaba. Al final del todo, como un experimento fallido dentro de un tubo de ensayo, se iluminaba el traje del antifaz verde, la capa amarilla del petirrojo volador, esperando.
Le esperaba a él. Abrió la urna. Tomó los guantes y enfundó los dedos. Recordó el tacto extraño de aquella tela firme, de alta tecnología, recordó la primera vez que se los había puesto, muchos meses atrás, la sensación rugosa sobre la piel, la flexibilidad para utilizar sus golpes de artes marciales. Se deshizo de su camisa. Las cicatrices de su pecho no le parecían, por primera vez, derivadas de accidentes con el snowboard. Eran cicatrices de lucha. Se enfundó el traje por la cabeza, notando como recuperaba su segunda piel, verde y roja, que se adaptaba completamente a su medida. Sus pensamientos se hacían más nítidos con cada prenda y su amargura era cada vez mayor. Terminó de ponérselo, se ajustó el cinturón. Se calzó las botas. No eran iguales a la última vez que las había visto. Las manchas de sangre de la puntera habían sido cuidadosamente limpiadas. Observó más cerca. No quedaba nada. Tan solo en su memoria, que ya recordaba absolutamente todo. Se quedó allí, en cuclillas, las lágrimas rodándole sobre el antifaz y salpicando las botas, limpiando las manchas invisibles de la sangre de sus padres. Sintió sobre su hombro la mano tranquilizadora de Bruce.
- Lo siento mucho, Robin
FIN
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