0. Prólogo

Estaba ardiendo. La ciudad completa. Todos los colores parecían haberse filtrado a través del rojo y el cielo se veía iluminado de forma intermitente por ráfagas de fuego blanco. Sabía que eran explosiones: las torres, los depósitos, las reservas energéticas explotando, pero ya no podía oírlas más allá de un retumbar muy lejano que parecía provenir más bien de su cabeza que del exterior. Se había quedado sorda hacía al menos seis horas.

Intentaba desesperadamente llegar hasta la urbanización donde residían sus padres. Los kryptonianos, aún sabiendo que la amenaza de la hecatombe podía alcanzarles en cualquier momento y en cualquier lugar, habían proseguido con sus vidas. No era más que eso, una amenaza. Algo que bien podía producirse en algún momento en los próximos cien años. Al menos eso habían dicho las noticias en los últimos diez días. A Kara, la destrucción la había alcanzado camino del colegio: los veinte minutos que la separaban de casa de repente se habían convertido en un insalvable abismo, con la principal avenida hundida por completo, el río que dividía Argo City en dos márgenes escapando como un salvaje animal y los andamios de los puentes desgajados y amontonados peligrosamente, en espera de la próxima sacudida. Tenía que intentarlo. No podía quedarse allí. La gente a su alrededor estaba ardiendo. Los árboles de cristal estallaban por el calor, el suelo se resquebrajaba, se derretían las construcciones. En un arranque de valor intentó cruzar bajo los andamios y de repente sintió un golpe sordo y todo se volvió negro.

 

 

Al abrir los ojos se encontraba dentro de una caja tan estrecha que sólo alcanzaba las medidas de su cuerpo adolescente. A través de una mirilla podía ver a su padre, Zor-el, envuelto en fuego, remachando el borde de la tapa, ante la mirada angustiada pero resignada de su madre, Alura. Un ataúd. Pero ella no estaba muerta. Golpeaba la tapa, gritaba, - ¡no estoy muerta!, ¡Dejadme…! - Pero ya era demasiado tarde, escuchaba el sonido metálico de la compuerta abrirse y su peso dentro de la caja caer profundo como en una fosa, hacia la oscuridad infinita del espacio…

El agua recorría la pared y le dejaba el pelo y el rostro empapados, diluía sus lágrimas y no dejaba rastro de ellas. Tenía unas pesadillas peligrosas, violentas y a veces acompañadas de lo que después reportaba al seguro como “accidentes domésticos” usualmente con un mazo, hacha o similar… Cuando simplemente eran sus manos o sus brazos tratando de agarrarse a algo. La pared le volvía a mostrar sus tripas de tuberías y cables, reventadas por el pánico que acompañaba a sus sueños. Aquél parecía ser su destino: la incapacidad de controlar nada, de decidir nada. La idea de tener que llevar ese cartel de víctima colgado al cuello la reventaba de rabia. No quería serlo, no estaba hecho para ella. Despreciaba el hecho de tener que cargar con ese sambenito toda la vida. Ella era fuerte, era una superviviente. Odiaba ser “la chica del trauma adolescente”, tener que recordar a diario aquello por lo que había pasado y odiaba especialmente verlo constantemente en los ojos de quien más parecía recordárselo a cada instante, aquel que creía saberlo todo sobre ella sólo porque supiera de dónde venía. Sabía que era injusto, que Clark sólo trataba de ayudarla, pero el hecho es que no podía evitar odiarle.

 

 

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