El cuarto estaba oscuro a excepción del ventanuco de la puerta.
- Maldito seas, Clark – se repetía –. Ojalá… Desaparecieras.
No sabía cómo pero él la estaba esperando, había conseguido atraparla y la había encerrado allí, en aquella especie de trastero del ático de Oliver, con las cortapisas de siempre: demasiado peligroso, no estaba entrenada, podría pasarle algo… ¿Quién demonios se creía Clark para decidir nada? Tenía al menos tanto poder como él, sino más.
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Debía ser eso. La limitaba porque era la única capaz de igualársele. Quería mantenerla siempre anónima, en secreto, cortar sus alas, evitar que pudiera hacerse más poderosa. Clark la temía. Era la única explicación.
Y ahora estaba allí, reviviendo su misma pesadilla de siempre: encerrada por la voluntad ajena, incapaz de tomar ninguna decisión por sí misma, empujada hacia un destino que no deseaba, incapaz de escapar. La kryptonita en sus ataduras le agarrotaba los dedos e impedía que sus muñecas tuvieran fuerza suficiente para zafarse. El dolor que le causaba era, en todo caso, menor que su rabia y su desprecio. Un dolor del que sólo Arthur se había apiadado un instante frente al ventanuco de la puerta, preguntándole a Clark si estaba seguro de lo que hacía, si no habría otra manera. |
Estaba furiosa, desesperada. Harta de no tener el control. Haría algo de lo que Clark pudiera arrepentirse siempre. Lograría hacerle daño aunque para ello tuviera que hacérselo a sí misma.
La incursión en busca de Brainiac había resultado infructuosa. Cuando ya parecía que tenían localizada su posición, pareció evaporarse en el aire nocturno. Cada instante que habían pasado fuera del ático, después de encerrar a Kara, había supuesto un suplicio para Clark, y sus compañeros podían sentir su tensión y desasosiego a cada minuto que permanecía alejado de ella. No estaba centrado. La búsqueda se había convertido en una contrarreloj para él, lo que comprometía por completo su propia seguridad y el éxito de la misión a ojos del resto. Finalmente, Oliver decidió que volvieran y Clark se presentó en el ático como una exhalación, seguido a poca distancia de Flash.
Lo que vio al abrir la puerta le heló su kryptoniana sangre en las venas. Kara yacía sobre el suelo, la melena desordenada, ocultando los rasgos de su rostro, que estaba pálido como todo su cuerpo. Su sangre se deshacía en hilos, bajando por sus dedos, extendiéndose como una marea negra sobre el suelo. Los cortes de la kryptonita habían rasgado sus muñecas e impedían que cicatrizaran. Clark se arrodilló junto a ella, horrorizado, y la liberó, sacándola en brazos de la habitación. Nunca había tenido tanto miedo como aquella noche mientras le tomaba el pulso a la que era su única familia de sangre. No entendía. “Kara, por amor de dios”, se repetía. ¿Cómo había podido llegar a ese punto? El suicidio era un fenómeno que nunca había llegado a comprender. No podía imaginarse un punto de desesperanza tal, quizás porque para él la vida siempre tenía un sentido, le era inmensamente preciada, la esperanza siempre tenía fuerza en su mente. Ahora Kara estaba allí, sus heridas estaban cerradas pero su pulso era débil e inestable. La tomó en brazos y la sacó del ático. Sólo había un lugar al que se le ocurría ir.
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Lois sujetaba el brazo de Kara con preocupación mientras Chloe introducía agujas en su piel. No entendía porque era necesario mantener una piedra de meteorito cerca de la desmayada chica pero había evitado hacer ninguna pregunta. Clark estaba lívido y profundamente serio, Chloe se acercó a él para pincharle el otro extremo del aparato de transfusión. Le besó en la mejilla, de forma compasiva y le susurró, pidiendo su permiso
- Bueno, esto llevará un rato…
Él asintió en silencio.
Nuevamente Chloe tomó una piedra verde y la puso junto a él. Lois pudo ver el inmediato sufrimiento que ésta le causaba. Intentó mantenerse lo más estático posible mientras las agujas entraban en sus venas pero ella veía como el sudor recorría sus sienes. Cómo era posible que estuviera pasándolo tan mal. Chloe miró un momento el aparato de transfusión y comprobó que todo estaba funcionando correctamente. Aquellas clases de primeros auxilios habían servido para algo, al fin y al cabo. Sólo esperaba que todos los kryptonianos compartieran un mismo grupo sanguíneo. Se fue a lavar las manos.
Lois estaba frente a Clark que tenía la mirada perdida en los rasgos de la inconsciente Kara. La profunda expresión de tristeza de él la tenía conmovida, no sabía qué decir para darle consuelo. Una lágrima se le rebeló en los ojos y le atravesó el rostro.

- ¿Te duele mucho? – le preguntó Lois en un susurro casi inaudible, en referencia a las agujas, haciendo ademán de cubrirle el brazo con la mano.
- Las agujas no son lo que más me duele. Ni esta piedra verde – dijo él intentado recuperar fuerzas - Te estarás preguntando…
- No, Clark. La única pregunta que me hago es cuánto tardarás en estar bien. Y Kara. Los dos. Lo demás no importa nada.
Clark le sonrió tristemente. Con Lois siempre se podía contar.
***
Cuando Kara despertó, Clark estaba sentado a su lado. No podía evitarlo. Tenía que estar siempre vigilándola. Seguramente tendría muchos reproches que hacerle.
Clark permaneció en silencio aún sabiendo que ella había despertado. Finalmente, después de un rato se decidió a hablar pero su voz sonaba cansada y derrotada.
- He intentado entenderte de todas las maneras de que soy capaz. Siempre he querido lo mejor para ti, te recomendé unos padres adoptivos, me ofrecí a pagarte los estudios, a buscarte un trabajo. Intenté que vinieras a vivir con nosotros a la granja y no pude convencerte. Cada cosa que he intentado ha salido mal, Kara. Debo ser muy malo con esto, simplemente no sé hacerlo mejor.
Guardó silencio. Clark era un joven al que nunca se le veía cansado, ni amigos ni enemigos habían tenido una imagen así de él en todo el tiempo que había ejercido como Supermán. De pronto parecía mayor y, por primera vez, desesperanzado.
Kara se metió dentro de sí misma. Clark tenía dos estrategias, la del reproche y la del victimismo. Esta vez se había ahorrado la primera.
- Esto no está funcionando – siguió él - creo que por la razón que sea, no soy una buena influencia para ti. No creo que podamos estar peor que ahora. Si intentando cuidarte y protegerte no consigo nada, ¿dime qué quieres?, dime, Kara, ¿qué demonios quieres que haga? – en esta última pregunta se le acumuló la frustración y el dolor que sentía.
- Tan sólo dé-ja-me en paz – le dijo ella cruelmente, pronunciando sílaba a sílaba para asegurarse de que le quedaba claro.
Él se frotó los ojos y salió de la habitación.
Kara por primera vez se sintió completamente sola y se arrepintió inmediatamente de haberle empujado a hacer lo que ella quería. Ahora que lo había conseguido, no se sentía mejor. |
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