A la mañana siguiente, Kara estaba lista antes del amanecer. No era una chica cualquiera. Su experiencia de Argo City le había dado una resistencia y una actitud de base que Clark había intentado aplacar a su llegada a la Tierra, intentando inútilmente que se integrara como cualquier adolescente normal.
Mientras esperaba a que llegara Batman, se detuvo admirando la colección de armas orientales que descansaban sobre sus soportes, en el lateral de la sala. Cogió una espada diferente a las demás, con la guarda esculpida en jade rojo.

- Se llama “Cielo en llamas”. Me la trajeron del monte Udán - Bruce estaba junto a la puerta corredera, envuelto en un kimono de lucha. Se acercó hasta Kara y le tomó la espada para acariciarle la hoja
- Es una espada china. De Tai-chi. La única que hay en este recinto
- Me gusta más que las katanas
- Ya. Veo que hoy te has levantado con ganas. A ver cuánto te dura...
- ¿Tú sabes utilizar todas estas armas?
- La mayoría... A ti aún te falta para empezar a entrenar con cualquiera de ellas. Abajo en el pueblo necesitan hielo. Mucho. Ayer hicieron matanza de bueyes y tienen que conservar mucha carne así que subirán carretas cada dos horas para llevárselo. Puedes despedazar los trozos que se hayan desprendido, no le des hachazos a la pared del glaciar, no vayas a provocar un desprendimiento y me tenga que poner a sacarte del fondo del río...
- Trozos... ¿del glaciar?
- Eso es. Y no pierdas demasiado tiempo con cada uno. Bastante le cuesta a esta gente subir esas carretas como para bajarlas vacías... Te veré a la tarde para ver si comes algo
Kara se quedó como si le hubieran echado encima la bola en llamas de Apokolips. Cuando Bruce se dirigía a la puerta, ella le paró con un susurro lleno de rabia incontenible
- Escucha... Todo este asunto del hielo es una putada. No tienes por qué hacerme esto...
- Estás demasiado acostumbrada a abusar de tu supervelocidad y de tu fuerza kryptoniana. Y eso no será suficiente cuando te enfrentes a los grandes. Tómalo como un pequeño descanso, al menos los trozos de hielo no te pegarán...
Se dirigió a Kara para entregarle dos hachas que acababa de desclavar junto a la puerta. Ella le miró desafiante a los ojos mientras las agarraba fuertemente con las manos y él, sin soltarlas, le sostuvo la mirada
La mañana pasó lenta y dolorosa para Kara. Le dolían sobre todo los dedos de las manos, entumecidos por el frío. Intentaba tocar el hielo lo menos posible. Lo cortaba con las hachas, envolvía dos o tres trozos en una sábana y se los cargaba a la espalda para transportarlos durante quince minutos desde el glaciar hasta la carreta, junto al camino del pueblo. Con el sol los bloques se iban derritiendo, muy lenta pero inexorablemente y le dejaban la espalda empapada y la ropa y la piel heladas. Le daba tiempo tan solo de hacer unos dos o tres viajes cada por hora, una media de unos catorce bloques de hielo en cada carreta, lo cual no era mucho. No podía entretenerse ni un minuto y le costaba caminar entre la nieve. Los aldeanos que esperaban junto al carro, chicos jóvenes, sentían pena de ver exhausta a una chica tan joven y de apariencia frágil como aquella, sometida a trabajos tan pesados y agotadores, pero todos en el pueblo sentían profunda admiración y respeto por el maestro Wayne y sabían que la cima era un importante campo de entrenamiento para guerreros de todo el mundo.
Kara llenó tres carretas en seis horas. 42 bloques de hielo. Cuando terminó de cargar el último se dejó caer contra una de las rocas del camino y cerró los ojos. Estaba muerta de hambre, muerta de sueño, muerta de cansancio. Bruce Wayne, que había estado observándola todo el tiempo desde el recinto principal, salió a buscarla y a despedir a los confusos aldeanos, que no sabían que hacer. Los despidió en su lengua natal y arropó a Kara en una manta para tomarla en brazos y llevársela con él junto al fuego.
La despertó una caricia reconfortante que bajaba por sus brazos hasta los dedos de sus manos. Luego aquellas amorosas palmas pasaban a sus piernas, a los pies que apenas sentía horas antes y que ahora estaban calientes, untados con mentol y gasas, vivos de nuevo bajo el contacto de aquel masaje. Al subir otra vez, Kara abrió los ojos y se encontró con el rostro dulce de una chica oriental que debía tener veintitantos. Al ver que abría los ojos, la chica se dirigió a Bruce en su idioma y él dejó lo que estaba consultando en el portátil
- Bienvenida otra vez al mundo de los vivos... Esta es Yuriko. Viene de la aldea por la mañana y se va por la noche. Ella es quien cocina y se encarga de muchas cosas aquí. No habla nuestro idioma pero supongo que en caso de necesidad os podréis entender por señas. Por cierto, Clark ha escrito, preguntando por ti... Quería saber qué tal te estabas adaptando

- ¿No le has dicho que me estabas matando suavemente? – dijo en un susurro con la voz sin aclarar después de despertarse. Tosió para despejarla – Cómo era esa canción... Telling my whole life with his words, killing me softly, with his song... Ojalá fuera con una canción y no con esos malditos bloques que pesaban una tonelada. La versión de los Fugees era mucho mejor que la de Roberta Flack. Quizás podría versionarla yo también cuando salga de aquí. Te pondré entre los agradecimientos del disco... A mi amigo Batman que me hizo trasladar la mitad de la Antártida mientras él navegaba tranquilamente por internet
- Veo que sigues con tus problemas de actitud. Por no mencionar lo terriblemente quejica que eres. Pero tendrás que comer o te acabarás muriendo de hambre, Clark me dice que puedes estar días enteros sin acordarte de la comida, que tienes el apetito atrofiado...
- Clark no me ha visto nunca sin superpoderes – dijo mientras se llevaba a la boca una bola de arroz, del plato que Yuriko le había llevado
- Y nada de amigo Batman, enemigo en todo caso
- Bah. Muchas amenazas desde que he llegado pero no te tengo miedo. Además, aún no me no me has enseñado nada
- Te enseñaré a tenerme miedo. Ten paciencia
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