14. Medea
¡Oh tierra y resplandeciente
luz del sol mirad a esta mujer funesta
antes que su mano ponga en sus hijos,
mano sangrienta, mano suicida!
Pues son simiente de áureo linaje
y es un horror que sangre divina
derramen los hombres...

¿Oyes la voz, oyes al niño?
Oh miserable mujer desgraciada *

 

En la cocina de la casa, Clark, de espaldas a Lex, se llevaba las manos a las sienes.

- Maldita sea, Lex.

- Se llama Lena. Tiene doce meses.

- Sé cuánto tiene.

- Clark, estamos perdiendo el tiempo

- ¿Me mentiste en nuestra última entrevista o me estás mintiendo ahora? Porque, Lex, ¡contigo jamás se puede saber dónde está la verdad!

- La verdad es esta. Cuando descubrí que Lena no estaba y que en su lugar estaba el libro, llamé inmediatamente al centro de reclusión médica, donde se suponía que Alexandra estaba encerrada. Me respondió un estúpido matasanos de guardia, con voz de sueño, asegurándome que estaba en su celda, que nada se había movido en toda la noche. Lancé contra él todo tipo de amenazas con el fin de que lo comprobara personalmente y cuando volvió a ponerse al teléfono apenas conseguía articular palabra. La celda estaba vacía. La Contessa consiguió escapar y consumar el rapto de Lena en la misma noche. Encontré asesinados a las cuidadoras y al mayordomo en el sótano. Sigue siendo tan sanguinaria y vengativa como siempre... Esa... Víbora... Esa... Perra maldita...

- Un bebé... – Clark murmuraba para sí mismo – No pensé que sería posible

- Hubo muchos problemas y casi se muere. Tuvimos que utilizar cirugía embriofetal, hacer uso de nanorobots y mantener el embarazo muy controlado. Ahora la niña está sana. Tiene un desarrollo normal. Pero la Contessa... Es una mujer venenosa, Clark, no debe tener a Lena

- No estoy seguro de que tú mismo debas tenerla

- Yo la quiero. Durante estos meses he intentado darle el mundo entero. Tienes que ayudarme.

Una sombra se movió en el piso de arriba, retirándose de la escalera hacia las profundidades del pasillo.

- Lana... – pensó Clark para sí mismo con preocupación

- Dime que me ayudarás. Me aterra que pueda hacerle algún daño. Podría haber puesto a un equipo a buscarla pero habría tardado días, quizás semanas, y Alexandra hubiera advertido cómo la acorralábamos poco a poco en su guarida. No puedo correr riesgos. El tiempo juega en nuestra contra. Antes preferirá acabar con la niña que entregármela. Por eso no quiero enviar a mi gente. Son demasiado lentos, demasiado torpes...

- ¿Tienes alguna pista acerca de por dónde empezar?

Lex asintió con la cabeza

- Sospecho de algún punto entre Metrópolis y Grandville... Algún lugar cercano a la autopista

- ¡Pero eso es muchísimo terreno!

- Lo siento, es todo lo que sé... Por el momento

Clark miró el reloj. Aún eran las 5 y media. Había una oportunidad. Acompañó a Lex a la puerta.

- Ponte en camino por la autopista. Necesito...

Clark parecía agobiado. Estaba pendiente de Lana. Lex se dio cuenta.

- Clark, no te retrases. Es importante.

- Lo sé. Sólo será un minuto.

- Toma este móvil. Llámame cuando encuentres el lugar. Si yo lo encuentro primero te llamaré.

Clark cerró la puerta y subió las escaleras hasta su habitación. Se desvistió y se puso el traje azul y rojo, que descansaba en la silla. Miraba a Lana todo el tiempo. Ella se hacía la dormida y él no sabía qué decirle. Había demasiado que explicar y el tiempo apremiaba. La miró con pesar antes de salir por la ventana.

- Perdóname, Lana...

Segundos después recorría la autopista con los ojos cerrados, guiándose únicamente por el sonido en medio de la noche. Había que aprovechar la hora, pues a partir de las seis y las siete todo comenzaba a cobrar vida y era más difícil identificar los sonidos. Escuchaba el zumbido de las lámparas de la autopista, el ruido de fondo de los grillos, los ronquidos de la gente durmiendo, los ventiladores, los pasos en el pasillo... Pocos minutos después llegaba a Grandville. Al llegar dio media vuelta y fue recorriendo el camino en sentido inverso, por el otro lado de la autopista. No escuchaba nada que revelara el paradero de la niña, ¿habría vuelto a fiarse erróneamente de Lex?

Al pasar por encima de lo que parecía una casa de campo abandonada escuchó por fin el llanto de un bebé y la voz de una mujer cantando una nana triste con un inconfundible acento de Europa del este.

- Lex, la he localizado. Estoy en el kilómetro 170. Esta es una zona donde están construyendo... Hay maquinaria de demolición para las casas viejas y varias grúas...

- Sé de que zona hablas. Llegaré allí en unos minutos.

- Bien.

Bajó hasta colocarse frente al porche y dejó el móvil silenciosamente junto a las escaleras para que no le estorbase. Intentó escrutinar con su visión de rayos-x el interior de la casa pero no conseguía ver de forma clara. Aquí y allá se acumulaban pegotes en negro que le dificultaban el acceso visual. Probablemente pintura de plomo. Estaba claro que la Contessa no estaba desprevenida. Comenzó a rodear la casa, en busca de alguna superficie más ligera, que le permitiera ver con claridad. Cuando estaba al otro lado oyó el sonido insistente del móvil.

- Lex, no...

Se transportó hasta el móvil de nuevo y lo apagó. En el interior de la casa cesó el sonido de la canción. Decidió tirar la puerta abajo. En el gran salón central se encontraba la cuna de Lena y a su derecha, sentada en una mecedora, su gran enemiga la Contessa del Portenza.

- Hola Kal-el

Llevaba en la mano una especie de bola de cristal de un verde peligroso. El bebé lloraba desconsoladamente. Clark retrocedió un poco ante el efecto doloroso de la kryptonita.

- Normalmente intento mantener esto alejado del bebé. La pone enferma.

Se levantó de la mecedora y se acercó hasta la cuna. Clark utilizó su velocidad y se interpuso entre la madre y la hija.

- ¡Aleja esa piedra de la niña!, ¡le estás haciendo daño! - exigió

Lena lloraba a gritos. Clark intentaba utilizar su cuerpo como escudo para bloquear el efecto negativo de la piedra. Aunque el dolor de su cercanía era insoportable, no estaba dispuesto a rendirse y dejar expuesto al bebé. Le tenía acorralado.

- Mira qué cosas tan terribles me obligas a hacer. Si no hubieras venido, si nos hubieras dejado en paz, Lena no estaría sufriendo.

- ¡Podrías matarla con eso!

- No dejaré que te la lleves. Lex no volverá a verla jamás.

Un disparo le arrancó la bola de las manos y la lanzó lejos. Lex Luthor estaba en el porche, armado con un rifle

- Adiós, Lena – dijo ella

- ¡¡No!! – reaccionó Clark

La Contessa pulsó el botón de su reloj de pulsera y una aniquiladora señal se transmitió a través del aire. El tiempo pareció detenerse. Clark se dio la vuelta y abrazó al bebé, envolviéndolo con la capa roja en una milésima de segundo. Todos los explosivos que había bajo la cuna reventaron al tiempo, causando que la casa volara en pedazos. Fue una explosión devastadora a pesar de que el cuerpo del superhéroe había amortiguado parte de la misma. Lex había destrozado la balaustrada del porche con la espalda al salir despedido hacia afuera. No había ni rastro de la Contessa.

 

 

* Medea, Eurípides

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