2. El Curandero
Los libros sólo tienen valor cuando conducen a la vida y le son útiles*

Hay días en que de verdad pensaba que se volvería loco. Dando vueltas como un león enjaulado, pensando en su padres, pensando en Lana, echándola de menos, cayéndosele el corazón a pedazos. Su desesperación había ido en aumento las últimas semanas. Seguía sin saber para qué estaba allí. Qué querían de él. Cuál era la razón para el inmenso sufrimiento por el que estarían pasando Lana y sus padres. Muchas veces había exigido violentamente una respuesta a su carcelero pero no había conseguido nada. En cualquier caso, no se trataba de alguien conocido puesto que parecía que no ocultaba la voz, que a veces respondía escuetamente y con vaguedades. Era una voz limpia, sin ningún tipo de distorsión aparente. Su dueño solía refugiarse en las sombras, envuelto en un abrigo negro, el rostro cubierto a excepción de los ojos. El reflejo de una copa a veces. Poco más.

El lugar en que le retenían era seguramente subterráneo por la escasez de luz natural, pero por lo demás distaba mucho de ser un calabozo de mala muerte. Parecía más bien un apartamento al estilo contemporáneo y frío de Metrópolis. Líneas puras, colores, neutros... Una celda de lujo con tres paredes y una reja que parecía no tener fisuras y cuyos barrotes de aluminio cromado salían directamente del techo y se perdían por el suelo de forma independiente. Habitación con una cama, baño y una mesa con un solo libro del que nunca había oído hablar y cuya portada rezaba “El curandero”. En una de las paredes había una pantalla que siempre estaba apagada. Todo ello iluminado perennemente con lámparas azules adosadas a los laterales y que a veces le cansaban la vista, por lo que solía aflojar las pocas bombillas que alcanzaba desde su confinamiento. Sin embargo, nunca había oscuridad. Más allá de la reja, un pasillo blanco interminable, también flanqueado de luces azules y una doble puerta automática por la que entraba su único interlocutor. Cuando ésta se abría, las luces disminuían de intensidad, de manera que no se le pudiera reconocer. En el único momento de apertura en que conseguía ver una silueta a contraluz, Clark adivinaba las figuras de dos vigilantes bien armados, que siempre guardaban la entrada.

No había manera posible de escapar de allí sin contar con la ventaja que le daban sus poderes... Y de estos no había ni rastro desde hacía ¿cuántos días?, ¿cuántos meses?... Desde que despertó en aquella extraña habitación sin recordar exactamente lo que había pasado en Grandville. Cuando apoyaba la cabeza en las paredes podía escuchar un potente zumbido cíclico que subía y bajaba. Intentó seguirlo varias veces hasta darse cuenta de que iba distribuido en varios cables por las paredes, rodeando toda la habitación. Sin embargo, la pared parecía impenetrable. Completamente de acero, sin una fisura. Y luego estaba la sensación de estar vigilado todo el tiempo y los malditos guardias que le tenían al cargo. Más de una vez había intentado atacarles cuando se acercaban a la reja pero, aunque no llevaban armas, parecían electrificados. Llevaban algún tipo de traje que daba descargas cuando tocabas el tejido por fuera, disparando además una alarma en el exterior. Los barrotes también permanecían electrificados todo el día. Aunque hubiera podido deshacerse del primero de sus captores, siempre habría alguien preparado fuera. Realmente habían tomado todas las precauciones para que no escapara.

 

 

Clark se hacía cada día la misma pregunta acerca de la naturaleza de sus captores y cada vez era más pesimista al respecto. Fuera quien fuera no carecía de recursos y sabía perfectamente cómo contrarrestar sus poderes. El tipo de secuestrador que no planea devolver a la víctima a su vida anterior, sea cual sea el intercambio. Su naturaleza había quedado al descubierto pero, ¿por quién?

Echado sobre la cama miró de reojo el libro que le habían dejado sobre la mesa. Durante los últimos dos meses había sido su único entretenimiento y le fastidiaba pensar que era éste precisamente el deseo de sus enemigos... Que repasara una y otra vez las líneas si no quería perder la cabeza dentro de su propio laberinto mental. El libro incluía una cita en la primera página “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Se trataba de un libro de filosofía que revisaba algunas ideas de Nietzsche y les daba nuevos contextos. Hablaba sobre la genética y la mejora de la raza desde una perspectiva de tintes neonazis. No aparecía el nombre del autor ni de la editorial. Estaba encuadernado como un libro antiguo pero el tacto del papel era completamente nuevo y estaba claro que no había sido leído anteriormente. Algunas de las páginas permanecían pegadas. Alcanzó el libro con el brazo y abrió una página al azar: “Nietzsche exalta lo dionisíaco, que interpreta como encarnación de la voluntad de vivir, frente a lo apolíneo, que representa la huida ante la vida”. Dejó el libro abierto y con dejadez se puso a mirar al techo. Nunca le había gustado demasiado la filosofía. Prefería libros más prácticos, más directos a la cuestión. Centrados en la realidad cotidiana.

La realidad cotidiana... El olor de la lavanda y el tomillo y la hierbabuena... El olor de los pasteles de su madre en el horno... El olor a humedad de las botas de su padre después de pasear por el maizal en día de lluvia... El olor de Lana en su cuerpo después de pasar la noche juntos...

Lana tomando el sol recién levantada en la terraza del apartamento. Se había puesto flores en pelo. Eran flores de esas de cortesía que ponen en las cestas para novios pero a Clark le parecieron sacadas de Hawai, de Brasil, de Polinesia... De cualquiera de aquellos carísimos destinos exóticos, prohibitivos en cuanto a lunas de miel... Pero Lana lo había dejado claro. Dos semanas de playa. Cualquier playa. Así que habían acabado en un pequeño lugar remoto llamado Marco Island, en la península de Florida. No era temporada alta así que había poca gente y mucha tranquilidad. Aunque dentro de esta tranquilidad de vez en cuando se sumía en una profunda preocupación... ¿Qué pasaría si Lana se cansaba del tipo de vida que a veces se veía obligado a asumir? Sospechaba que ella conocía gran parte de sus poderes a base de muchos años de conocerse y bastante deducción pero no quería asustarla con todo el relato del espacio exterior y la destrucción del planeta y todo aquello... Simplemente no sabría por dónde empezar... Cuando se sumía en estas cavilaciones ella lo detectaba, se acercaba y le cerraba los ojos con la mano. Le acariciaba la cara una y otra vez, de arriba abajo, como si quisiera dormirlo. Y verdaderamente este gesto le daba mucho sueño. Luego sólo quería abrazarla y dormirse con ella.

 

 

Clark por la tarde en la playa de Marco Island, sentado, sólo mirándola. Ella se daba la vuelta una y otra vez sobre la toalla, con los cascos del reproductor mp3 escuchando la música de la radio local.

- ¿Todavía estás ahí paralizado?, ¿es que no te cansas de estar siempre en la misma postura? Te va a dar el sol tan solo por la espalda... Te vas a quedar mitad blanco mitad moreno...¿Clark?, ¿me estás escuchando? – dijo mientras se arrancaba los cascos de las orejas.

Clark se tapó uno de los oídos con gesto fingido de dolor, sólo para llamar la atención:

- Como para no escucharte...Primero baja el volumen, que me vas a dejar sordo

- Ay, perdóname... Ya sé que tienes los oídos sensibles

Lana se puso de rodillas y comenzó a darle besos muy suaves y silenciosos en ambos oídos, luego se extendió hasta detrás de la oreja, bajó muy despacio por su cuello y volvió a subir de nuevo hasta sus labios.

De fondo llevaban ya un rato viendo el resplandor de los rayos entre las nubes cerradas, escuchando el timbal poderoso del trueno retumbando por todo el cielo. La tormenta tropical estaba completamente encima y empezaron a caer las primeras gotas del agua tibia, haciendo un curioso ruido de ducha al caer sobre el mar, por miles y miles. Otro trueno y muchísima agua. La luz se estaba extinguiendo bajo el cielo impenetrable de nubes.

Mientras, Clark y Lana, empapados, estaban ya ahogados por el deseo. No podían separar sus labios. No podían separar sus cuerpos. Lana, ya debajo de él, le comenzó a tironear de las cuerdas del bañador.

- Shhhh... Quieta... – Le dijo en un susurro sin apenas separar sus bocas.

- Vamos, Clark, ¿quién nos va a ver aquí? Si no queda nada de luz...

- Dame sólo 10 segundos, de verdad...

Lana torció la cabeza

- Por favor... – le dijo él.

Sin esperar una respuesta, volvió a besarla. La cogió en brazos mientras se levantaba, llevándose en un solo movimiento las dos toallas enrolladas, la mitad de la arena que había debajo y el mp3, perdido en algún punto del fardo.

Quería llevarla corriendo pero temía que se le fuera la mano con la supervelocidad. Sin dejar de besarla recorrió bajo la lluvia el escaso trayecto entre la playa y el apartamento, subiendo las escaleras hasta el primer piso.

- Espera... Las llaves...- le decía Lana sonriendo, todavía en sus brazos, ante la puerta

- Encuéntralas rápido o tendré que tirar la puerta abajo

- ¡No! No, Clark, espera de verdad, que ya las tengo. ¡No rompas nada, por favor! – Lana hablaba apresuradamente, bromeando nerviosa. El se reía.

- Aquí, mira, mira... – le dijo ella mostrándole el llavero. El se lo cogió y se colgó a Lana literalmente al hombro para que no se le cayera mientras abría.

- ¡Qué!...¡Bájame! – El fardo de toallas estaba ya en el suelo. Clark le dio una patada para meterlo y cerró la puerta detrás de sí.

- Ahora mismo.

La tiró sobre la cama, que se quedó empapada con su pelo y su cuerpo mojados. Lana se dio la vuelta para encender la lámpara de mesa y escuchó dos ráfagas de viento, casi seguidas, a su espalda. Lana se sonrió secretamente. Al volverse, Clark seguía en el mismo sitio, metiéndose en la cama con ella. En la puerta apareció colgado un cartel de “no molestar”.

 

* Herman Hesse

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