3. Kal-el de Krypton
Las verdades elementales caben en el ala de un colibrí*

- Clark... – Lana abrió los ojos de golpe y aspiró una bocanada de aire. Había vuelto a soñar con aquellos días felices de playa, lejos de la tragedia, con la tarde de la tormenta tropical. La luz del mediodía entraba ahora agresivamente por la ventana abierta. Se llevó la mano hasta un brazalete que Clark le había regalado tiempo atrás, cuando habían hablado por primera vez de casarse. Nada de anillos. En su lugar había aparecido con aquella extraña joya familiar, que lucía en el centro una piedra turquesa en forma de rombo.

- Esto es de mi familia, – le había dicho – de mi familia biológica. Es lo único que tengo de ellos... Quiero que lo tengas tú.

Ella se había quedado mirándole, sin palabras. De alguna manera, Clark había conseguido contactar con sus verdaderos padres.

- ¿Así que les has localizado? Sabes dónde están...

Clark levantó la vista y la miró un momento en silencio. Después asintió con la cabeza...

- Ya no viven, de todos modos... Así que no importa...

Lana bajó los ojos y nunca le volvió a preguntar por el tema.

- Entonces, ¿te casarás conmigo? – insistió él.

Ella le sonrió y asintió con la cabeza y se besaron interminablemente.

Estaba llorando otra vez. Casi siempre lloraba por las mañanas, que era cuando más recientes parecía tener los recuerdos. Con una de las manos seguía apretando el brazalete y con la otra se sujetaba por debajo del vientre. El dolor y la angustia se le concentraban ahí y era como tener el panel de una prensa presionándole las entrañas.

Después de llorar un rato se calmó y alargó cansada el brazo hasta la mesilla de Clark. El primer cajón estaba vacío. Casi todo se lo había llevado cuando se mudó con ella. En el segundo cajón quedaban algunos papeles arrugados y un cuaderno. Los fue revisando. Eran casi todos dibujos a lápiz y anotaciones. Muchos eran de las cuevas, con símbolos extraños estructurados en hileras. En algunas partes era como si se hubiera pasado una hora al teléfono, moviendo el lápiz en círculos y triángulos, gastando el espacio. Kal-el de Krypton, ponía en una esquina. Sonaba a personaje de ciencia ficción. Y luego unos dibujillos de unos planetas, unas naves espaciales... Estaba claro que había estado leyendo algo o siguiendo alguna serie por televisión aunque debían haber pasado muchos años de eso, porque eran cuadernos del instituto. A Lana el género no le apasionaba. Prefería películas con mayor contenido, donde pasara algo, con menos efectos especiales. Parecía ser algo heredado de su madre, que prefería mil veces Rebelde sin causa a Encuentros en la tercera fase . Al final de la página ponía Lana x Kal-el , encerrado en un cuadrito. Lana se sonrió ante aquella ocurrencia fantástica. El adolescente que personifica al superhéroe y sueña con hacer grandes proezas. Siguió rebuscando y encontró unos cómics. El ángel guerrero . Aquél debía ser el tal Kal-el. Entre los cómics había una foto de ella. Era del primer año de instituto.

Con resignación volvió a guardarlo todo en el cajón. Se enfundó una camiseta y unos pantalones cortos y bajó las escaleras con desgana. No había nadie en la casa. Los padres de Clark habían salido. Empezó a servirse un zumo cuando alguien llamó al timbre. Lana miró cuidadosamente antes de abrir. Era Lex.

- Lex...

- Hola Lana... Quería pasar a verte... Cuando no estuvieran los Kent...

Ella asintió y le dejó pasar.

Después de la muerte de Clark, Lex había sido extremadamente atento. Se había comprometido a iniciar una investigación por cuenta de Lexcorp para aclarar hasta el último punto acerca del accidente de Grandville. En muchos círculos se especulaba con la posibilidad de una explosión provocada y Lex estaba decidido a dejar a la compañía libre de toda sospechas. Había llamado a Lana cada semana. Había trasladado varias maletas desde su casa marital. Había arreglado todo con el Museo de Arte de Metrópolis para pagar a la persona que sustituía a Lana por tiempo indefinido, hasta que ella se sintiera con fuerzas para volver...

Lex se sentó en el sofá del salón y Lana puso un zumo para ella y otro para él.

- Lana, aunque suene tópico, no es bueno que pases tanto tiempo en la casa encerrada...

Ella guardó silencio y miró para otro lado.

- Cuando perdí a mi madre siendo niño, mi padre y yo nos fuimos a hacer un largo viaje. Estuvimos en Brasil, en Argentina, en Paraguay y en no sé cuántos sitios más. Recuerdo estar delante de las cataratas de Iguazú intentando no pensar en nada. Ese viaje fue como una bocanada de aire fresco, renovadora y vivificadora. Durante nuestra ausencia, mi padre ordenó que la casa entera fuera redecorada. Cambiaron hasta la distribución de las habitaciones. Cuando volví, era como empezar una vida nueva... Aquí sigues rodeada del mundo de Clark...

- Lo sé, Lex... Es que no sé si estoy preparada. No puedo volver a mi casa. Pero ya llevo dos meses, tampoco quiero ser una carga para sus padres...

- Mira, te voy a proponer algo. Vamos a ir a Metrópolis. Tengo un apartamento que reformó la misma empresa que decoró el Talon. Te sentirás como en casa, pero de otra forma, con un nuevo espíritu. Te vendrá bien. Estarás más cerca del Museo, con lo que puedes ir pasándote por allí de vez en cuando y supervisar cómo va todo... El apartamento está desocupado, no es ninguna molestia...

Para Lana era como si una ventana se hubiera abierto poco a poco, dejando entrar un soplo de aire. La perspectiva de ponerse en marcha y volver a trabajar le había devuelto algo de energía. Esbozó una tímida sonrisa.

- Debo advertirte que los apartamentos están junto a un polígono industrial... Uno de esos sitios dónde uno aloja a los ejecutivos que vienen de todo el mundo para hacer negocios...

- Está bien, Lex. Me apetece ir.

- Entonces está hecho.

- Gracias. Muchas gracias – le dijo a Lex mientras le abrazaba despacio

 

* José Martí

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