9. Ultravioleta I remember when we could sleep on stones now we lie together in whispers and moans. When I was all messed up and I had opera in my head your love was a lightbulb hanging over my bed
Antes de quedarse dormida, la condesa se había quitado una a una las horquillas y las había ido guardando cuidadosamente en una caja de plomo junto a la cama, al lado del collar. Él hubiera preferido que no lo hiciera. Cuando estaba bajo los efectos de kryptonita roja no tenía necesidad de pensar ni preocupación ninguna. Ahora, en cambio, se encontraba ante una inmensa sensación de vacío. La mujer que dormía bocabajo a su lado era extremadamente hermosa. Tenía la piel tan blanca y suave que parecía un ser sobrenatural. Los bucles oscuros enmarcaban su rostro anguloso y sensual. Y sin embargo, Clark sólo deseaba que se marchara de su lado, que le dejaran a solas con su abismo particular. Se acordaba de todo lo que había pasado durante la noche, todo lo que habían hecho. La kryptonita no le permitía olvidar. Siempre salía del trance con una pesada carga a sus espaldas y la certeza de no poder borrar el pasado. En aquel caso el resultado hubiera sido el mismo: era un sacrificio necesario para asegurar que Lana no sufriría las consecuencias del despecho de sus enemigos pero la forma habría sido muy diferente.
Había hecho todo lo que la condesa le había pedido. A ella le gustaba el sexo tan violento que si hubiera tenido sus poderes con toda seguridad la habría matado. La había tratado sin ninguna piedad, como no hubiera hecho nunca con otra mujer, pero era ella la que le había arrastrado a aquel retorcido juego de violencia. Parecía que no entendiera el placer sin dolor y había utilizado toda su fuerza contra él: llevaba pequeños cuchillos muy afilados en las medias, en el sujetador, en el pelo. Había tenido que arrancarle toda la ropa y tirarla fuera de las rejas, fuera de su alcance, por miedo de lo que llevara entre los pliegues. En un momento de descuido ella le había hecho un corte en las venas de la mano izquierda y había tenido que seguir con un pedazo de vestido enrollado a modo de venda. Parecía obsesionada con su sangre, como una vampira sedienta, y le susurraba todas las barbaridades que se le pasaban por la cabeza acerca de la superioridad de su raza y el valor de la genética y el poder de su flujo sanguíneo. Después del corte en la muñeca se le había acabado la paciencia. Había terminado por golpearla de verdad, por cruzarle la cara y dominarla por la fuerza. Y cuanto más la obligaba más parecía disfrutarlo.
Se sentía cansado por el esfuerzo que había tenido que realizar para reducirla e inmovilizarla, varias veces a lo largo de la noche interminable. Parecía que había salido de una paliza. Nada que ver con las relaciones dulces y cariñosas que tenía con Lana. La miraba ahora cruzado de brazos contra la pared metálica. Qué diferente parecía dormida. Tenía un visible golpe en el rostro y algún otro en los hombros y la espalda. Clark la miraba con tristeza, negando con la cabeza. Una criatura tan hermosa y al tiempo tan torcido su camino. Le pasó la mano con delicadeza por el hombro dañado y volvió a perderse en sus pensamientos.
Fuera como fuera, tenía que esperar que resultara el mal menor: se sentía culpable por contribuir a dejar un bebé en manos de seres con tan poco respeto a la vida y la libertad humanas. Pero por otro lado, si la cosa no salía bien probablemente se desharían de Lana y a él... Le darían cualquier destino insoportable. En la pantalla Lana parecía algo mejor, o al menos eso quería él imaginarse. Ahora dormía de lado, no tan rígida como antes.
La condesa se despertó poco a poco. Estaba sonriente y somnolienta. Se arrastró hasta el brazo de Clark y se lo acariciaba.
- ¿Te ha gustado, Kal-el?, ¿qué te ha parecido?
Clark no la miraba ni respondía
- Vamos, dime qué es lo que piensas...
- Creo que eres una amante muy agresiva y poco colaboradora. Pensaba que no querías dejarme marcas
- No quería que Lex te las hiciera... Para poder hacértelas yo. Es simplemente un signo de propiedad
- Eres una bárbara
- Decía Nietzsche que “en la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre”.
- Lex y tú me cansáis con vuestras citas interminables. Espero ver progresos con el tema de Lana...
- O sino...
- La próxima vez no sobrevivirás
- No seas así, amor mío. No te preocupes. Me ha gustado mucho cómo lo haces todo, eres muy obediente y te mereces una recompensa. Así es como se adiestra a los perros, ya sabes, a base de recompensa y castigo... Bueno, me voy a ver a mis médicos, a ver qué podemos hacer – se bajó de la cama y se cubrió con su capa negra - Ah, lo pensamos llamar Alexander Helios, como el hijo de Cleopatra y Marco Antonio. Será a la vez el hijo de Lex y tuyo, el descendiente de Alejandro Magno y a la vez el hijo del Sol. Su leyenda sobrepasará la de cualquier otro hombre.
El día pasó lentamente, con la frialdad vacía de una mañana encapotada, de una tarde rota por un accidente de tráfico, de una noche interminable sin estrellas.
A última hora Lex se apareció en una fugaz visita. Llevaba unas opacas gafas de sol.
- Está hecho. Tengo a un equipo encargándose de que todo llegue a donde tiene que llegar. Esto es tuyo, me parece.
Le lanzó el brazalete que rebotó contra el suelo de la celda.
- Si ya tienes lo que quieres, suéltame... O por lo menos suelta a Lana.
- Lo siento. La respuesta es no.
Lex volvió sobre sus pasos, abandonando el pasillo con rapidez.
Clark recogió el brazalete y se sentó en la cama, inclinado sobre él. La situación era completamente desesperanzadora. No sabía cómo podían salir de aquel bucle. Comenzó a acariciar el material kryptoniano y la joya romboidal que había en el centro. Le había fallado a Lana. Se había fallado a sí mismo. Había contribuido a crear un nuevo enemigo potencial para el mundo. Todo en lo que él había temido convertirse podía hacerse realidad en otro ser, suponiendo una auténtica amenaza para todos los hombres. Y se veía incapaz de hacer nada para remediarlo. Sintió las lágrimas quemándole las mejillas mientras le invadía un inmenso sentimiento de pérdida y de fracaso. Le resbalaban por el rostro hasta caer sobre el brazalete que sostenía y acariciaba con los dedos. Al contacto con la joya, las lágrimas parecían arrancarle extraños destellos a la piedra del centro. Pronto el fulgor se intensificó, dejando a Clark lleno de asombro.
- Mi dulce Kal-el... – era la voz de Lara. La había oído antes, al recuperar su primer recuerdo en el instituto Summerholt.
- Madre...
- No llores, mi niño. Tú eres la última esperanza
- He fracasado absolutamente
- No digas eso, hijo mío. Hasta en la hora más oscura no estás solo. Tus ancestros caminamos bajo tus alas, bajo tu sombra. Tienes a toda tu estirpe detrás de ti, dándote su fuerza y el soporte de su espíritu. Allí en Krypton siempre fuimos una familia fuerte. No debes rendirte nunca. Cuando ya no tengas energías, acude a nosotros. Lo que sentimos por ti nos mantiene unidos más allá de lo visible. Yo nunca te abandonaré.
La joya romboidal se había vuelto blanca de la energía que fluía alrededor del cuerpo de Clark, que sintió como se llenaba de la vitalidad y las fuerzas de muchos espíritus pertenecientes a su árbol genealógico, pero sobre todo de las presencias poderosas de Lara y de Jor-El, sus padres biológicos.
Cuando arrancó la rejas electrificadas parecía que le salía un fuego blanco del cuerpo. Llevaba los ojos rojos como un dios germánico de la destrucción. El fuego que le salía de los ojos era como un láser que iba destrozando toda la pared, reventando todas las luces y las pantallas. Las alarmas no dejaban de sonar. Arrancó la puerta con la fuerza de un huracán. Una vez pasada, se deshizo de los guardias de un empujón. Había más adelante otra sala con más guardias, que custodiaban una compleja maquinaria desde la que se controlaba la energía que contrarrestaba los efectos del sol sobre el cuerpo de Clark. La sala estaba al máximo de capacidad, pero no podía contener la suma de tanta potencia. Parecían haberse abierto las puertas del Tártaro, del abismo, de todos los cielos y todos los infiernos. Destrozó la sala a base de fuego y golpes hasta que la dejó reducida y comenzó a temblar la estructura del edificio.
- ¡¡Lana...!!
El grito fue tan fuerte que destrozó ventanas y puertas de cristal, causando daños severos en los oídos de muchas personas que se encontraban en el complejo. Desde su cama, Lana abrió los ojos y susurró el nombre de Clark.
Inmediatamente él identificó el sonido y llegó a toda velocidad a su habitación. La abrazó y la sacó del edificio por la ventana, en brazos a través del cielo. En cuestión de cuatro segundos estaba en la puerta del hospital más importante de Metrópolis. La dejó sobre una camilla y rogó a las enfermeras
- Por favor, por favor... Volveré enseguida
Clark volvió hasta el polígono industrial, donde las instalaciones se hacían pedazos. Utilizó su visión de rayos-x, que ahora era más certera que nunca, y su supervelocidad para recorrer toda la estructura en busca de la condesa y de Lex pero no había ni rastro de ellos. Habían conseguido escapar.
Volvió hasta el hospital, sintiéndose cada vez con menos fuerzas, con la impresión de que iba a desmayarse. Lana había conseguido hablar con las enfermeras y darles el móvil de Jonathan y Martha, que se encontraban en Metrópolis. Le estaban esperando en la puerta, trastornados por la impresión. Clark, con la mirada nublada, se acercó hasta sus padres y cayó inconsciente en sus brazos.