10. Australia

En navidades Lois había cumplido su promesa y había llevado a Kal de vacaciones a la playa. Llevaban apenas un mes viviendo juntos pero ella se encontraba tan a gusto que le parecía que llevaban mucho más tiempo. No le hizo falta mucho para comprobar que él tenía su peculiar manera de hacer las cosas pero por primera vez había encontrado a alguien que le interesaba y le importaba de verdad, con quien había la posibilidad de construir algo, y no quería estropearlo. Le daba la impresión de que poco a poco se estaba enamorando de él.

Había aprovechado que en el hemisferio austral era verano para cumplir también un pequeño sueño personal: ir a Australia, aquella inmensa superficie semihabitada. La cuna de los deportes de riesgo. El general Sam Lane se encontraba destinado temporalmente en Sydney.

 

 

- Llevas helado en la punta de la nariz – le dijo él dándole un beso, mientras recorrían el camino hacia la playa – y en la barbilla – la besó de nuevo

- Vaya… Qué mala suerte

- De hecho creo que llevas helado por toda la cara…

- ¡Claaark…!, ¡Se está derritiendo!

La primera vez que Kal-el se adentró en el mar no volvió a olvidársele nunca. Le pareció una misteriosa fuerza de la naturaleza, cálida y llena de vida, con un tremendo poder. Su inmensidad, su belleza, el secreto ritmo interno del oleaje… Le fascinaron para siempre. A partir de entonces, por muy lejos que estuviera, incluso a años luz de la Tierra, la voz de la marea le acompañaría, le daría paz, le devolvería la armonía cuando el caos estuviera acechando. Desde ese momento su espíritu quedó abrazado por ese sonido y nunca terminó de soltarle.

Durante sus vacaciones en Australia, sólo pudo pensar en Lois, en el mar y en el surf. El surf era una experiencia muy liberadora, lo más parecido a volar que podía hacer sin llegar a revelarse plenamente. ¡Cómo había echado de menos el karaback! Ahora al fin tenía algo que se parecía un poco a un reto. Había empezado subiendo con Lois a la tabla de windsurf, un deporte que ella practicaba desde pequeña. Se agarraba a la botavara junto a ella y navegaban un rato, pero pronto se cansó de ello y su interés se centró en los grupos de surfistas que se enfrentaban a las olas más grandes.

 

 

- No te alejes mucho… No te pases con la altura… - Lois estaba preocupada. Él tenía una manera extraña de tomar las olas, parecía que no tenía ningún problema en dominarlas pero su ambición en este sentido parecía no tener límite. Cuando estaba ahí perdía la cabeza, no pensaba en nada más. Subía cada vez más alto, cada vez más deprisa…  En su corta estancia de diez días logró la admiración de todos los deportistas de la zona.

El último día de viaje cenaron con el general Sam Lane. Alguien en la cafetería del hotel le había dicho: “Te contaré un secreto sobre las mujeres americanas. Si quieres conseguir a alguna, tienes que caerle bien a su padre”. Esto Kal-el se lo tomó al pie de la letra y cuando Lois les dejó solos él empezó a repasar todas aquellas lecciones que le habían dado sobre estrategia y defensa, omitiendo siempre los detalles que pudieran hacer sospechar que estaba hablando de batallas intergalácticas. El plan dio resultado y el general quedó impresionado acerca de aquellas ideas novedosas y sorprendentes. A su vuelta, Lois no se lo podía creer. Clark le parecía un chico misterioso y diferente a los demás pero caerle bien a su padre era demasiado. Después de volver de Australia sus sospechas acerca de que le ocultaba cosas muy importantes fueron mayores que nunca.

Habían pasado dos semanas desde su vuelta. Era domingo y él estaba sentado en el salón, viendo las noticias, en el momento en que Lois llegaba de la calle con algo de compra.

- El descarrilamiento de un tren, ayer en Maine, provocó un total de diecisiete víctimas mortales… Las autoridades piensan que el siniestro se podría haber evitado si no se hubiera roto la transmisión de los frenos de seguridad… - Cuando veía este tipo de noticias, Kal-el sentía una maraña de sentimientos contradictorios. “Se podría haber evitado” decían las noticias. Desde luego que sí. Él tenía el poder para hacerlo. Con apenas esfuerzo. Podría haber salvado a aquellas diecisiete personas empleando tan solo quince minutos de su tiempo. “Prohibido inmiscuirte en la historia de los hombres”, le había dicho su padre… Pero ¿era esto tan solo una excusa que él mismo se ponía para no hacer nada?, ¿para seguir en aquella rutina más cómoda del “qué se le va a hacer, las cosas son así, ha sido una lástima”? A veces pensaba en Kara, su querida prima de Krypton, que era policía y exponía su vida tan a menudo. Si ella estuviera en la Tierra y tuviera su poder no permitiría que esto pasara. Kara tenía muchas agallas, era rebelde, comprometida, su espíritu era duro como el acero. Pero él no era Kara. Jor-el le había dado un voto de confianza. Debía respetar los límites o resignarse a volver inmediatamente

- ¡Clark! ¿Puedes venir a ayudarme con esto, por favor?

- Sí, Lois, enseguida voy…

Cambió de canal y se encontró con una imagen de olas inmensas. Había surfistas en la playa y el comentarista hablaba apresuradamente, emocionado. Eran las olas más grandes que había visto nunca. Según el reportero hacía más de treinta años que no se veía algo así. Unas olas que habían calificado de monstruosas y mortales, ni siquiera los surfistas más experimentados se atrevían con ellas.

- Ya no hace falta, Smallville. Muchas gracias… - dijo Lois sentándose en el sofá junto a él

- Perdona… Es que… ¡Mira las noticias!

- Ya. Fabuloso….

- Tengo que volver…

- ¿Qué? – Lois no se lo podía creer

- Tengo que volver a Australia

- Ni lo pienses, me oyes. Ni por un momento

- ¿Por qué?

- Es una locura. Esas olas son de las que matan. Además, acabamos de volver, ¿qué pasa con tus responsabilidades, qué pasa con el trabajo? Se han acabado las vacaciones, Clark, es hora de volver al mundo real

- Iré el fin de semana…

- ¿Vas a ir y volver de Australia en un fin de semana? ¡Lo pasarás completo en el avión! Además, ¡he dicho que no!

- A mí nadie me dice lo que tengo que hacer…

- Haz lo que te dé la gana pero debes estar preparado para asumir las consecuencias… En cuanto a mí respecta

Kal no siguió discutiendo pero secretamente tenía un plan. Lois no sabía con quién estaba hablando. Quería hacerlo y lo haría

Esperó prudentemente hasta la siguiente semana, por suerte las olas aguantaban. El sábado llevó a Lois a salir por ahí, a la bolera y a jugar al billar. Y anunció que el domingo pasaría el día ayudando a Michael. Lois sospechaba mucho de su actitud pero intentó que no se le notara. Hizo un intento de acompañarle el domingo pero él insistió en que se trataba de un asunto personal y ella decidió callar. A las dos o tres horas de haberse ido, Lois conectó el canal de deportes por cable y se encontró con lo que se temía:

 

 

- ¡Parece ser que… Oh, dios mío, hay alguien entre las olas! – retransmitía el reportero – El temporal apenas nos permite divisar de quién se trata pero sea quien sea está llevando a cabo la hazaña deportiva del año… ¡Estas olas, amigos míos, no sé si lo podrán apreciar desde casa pero tienen el tamaño del Empire State! Nuestro “surfista misterioso” es, o muy valiente o muy inconsciente…

- O muy gilipollas… – terminó Lois, cubriéndose el rostro con las manos

- ¡Veamos… Guau… Se ha formado una especie de tornado de agua a su alrededor pero consigue salir sin problemas de cualquier…! – aquí ella no pudo más y apagó la televisión. No sabía exactamente cómo lo hacía pero sin ninguna duda era él. Durante el tiempo que habían estado juntos se había dado cuenta de que poseía habilidades especiales, podía recorrer grandes distancias en poco tiempo y era fuerte y resistente, mucho más que cualquier hombre que ella hubiera conocido. Siempre había tenido miedo de preguntarle. Había oído hablar de distintos experimentos militares en busca de soldados mejorados y sospechaba que podía tratarse de uno de ellos. Cuerpos más poderosos para rendir mejor en batalla, más veloces, fuertes y resistentes. Encajaba bastante bien. Seguramente hablar de ser un experimento de laboratorio no era lo más fácil de sacar en una conversación y Lois nunca había querido ponerle en una situación incómoda o que pudiera causarle presión o lastimarle, pero ahora…

Al atardecer sonó el timbre y ella abrió la puerta intentando aparentar toda la calma posible

- ¡Hola Lois! Qué día tan ajetreado, Mike me ha tenido de un lado para otro…

Sin dejarle terminar, Lois le abofeteó. Le temblaban los labios de furia y decepción

- ¿Por qué lo has hecho? Te dije que no fueras, ¿por qué has tenido que hacerlo?

- Lois no sé de que…

- ¡Sí que lo sabes! El “surfista misterioso”… ¿Te suena? Sé que eras tú, no sé cómo lo haces pero sé que eras tú…

- Pero… ¿cómo iba a ir y a volver…?

- ¡Deja de mentirme! – le suplicó Lois al borde de las lágrimas

Él retrocedió y se quedó descolocado. Se encontraba en una situación desprotegida, la tenía delante, pidiéndole la verdad. En aquel instante tuvo miedo. Todo podía cambiar a partir de ahora. Todo avanzaría o terminaría allí, en aquel momento. Ni siquiera podía pensar en si estaba preparado para ello.

- He visto lo que haces con las olas, no las coges de forma natural… No te dejas llevar por ellas sino que más bien vas… Por encima … Como si volaras… ¿Quién eres, Clark?

- Escucha, Lois, no volverá a pasar…

- Ya es tarde. ¡No sabes controlarte! Quiero la verdad. ¡Ahora!

- No… No puedo…

Lois esperó un momento con la mirada clavada en el suelo mientras asimilaba lo que le acababa de decir

- ¿Eso es todo? – preguntó
 
- Perdóname, Lois, – dijo él adelantándose para acariciarle el rostro - siento haberte ocultado…

- ¡No me toques! – se  apartó ella

Kal retrocedió, asustado por aquel rechazo

- ¿Sabes lo que más me duele? – dijo ella apartándose las lágrimas – No es que insistas en ocultarme de donde vienes y quién eres en realidad, de dónde vienen tus poderes... Eso nunca me importó. Lo que sentía hacia ti era más fuerte que la necesidad de saberlo y supongo que le quitaba importancia. Lo que me hace daño de verdad es que te pedí que no te fueras a Australia y aún así te fuiste, te pedí que tuvieras cuidado y en cambio has hecho lo que te ha dado la gana… Yo he confiado en ti en las cosas más importantes, en las fundamentales de verdad y tú no eres capaz de respetarme en lo más ínfimo…

- Lois, no iba a pasarme nada. Soy… Soy prácticamente invulnerable. Nada puede herirme…

- No lo entiendes, ¿verdad? – Lois se cruzó de brazos – No estaba preocupada por ti, sino por mí. Has salido por la televisión transformando una ola de veinte metros en un torbellino vertical, por amor de Dios, si sigues así, ¿cuánto tiempo crees que tardarán en descubrir cómo te llamas y dónde vives?, ¿cuánto tardarán en saber quién eres realmente, en temerte, en intentar hacerte daño? – se le seguían cayendo las lágrimas. Kal-el nunca la había visto así - ¿es que no ves que tengo miedo de que te separen de mí?

- Lois…

- Por suerte ya te has encargado tú de hacerlo… Tienes suerte de que nada pueda herirte… No te imaginas lo mucho que duele

- Yo, ojalá pudiera…

- Márchate, por favor

Kal-el no se movía. Intentaba decir algo pero tenía el corazón encogido, no sabía qué hacer

- ¡Que te vayas! – insistió ella

Él cogió la puerta y se marchó

 

 

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