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Kara se ajustó los brazaletes de vigilante y salió a patrullar. Astro City se encontraba en la primera luna de Krypton, una especie de atalaya de vigilancia del planeta. Era necesario observar de cerca el perímetro y mantener un ojo fijo sobre la segunda luna, adonde los kryptonianos habían desterrado cualquier rasgo conflictivo de su sociedad: cárceles, prostíbulos, inmigración… Las clases más bajas, los cyborgs, todo aquello que no respondía a los puros cánones de lo que no eran modélicamente kryptoniano.
Todo parecía tranquilo aquella noche.
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A Kara Zor-el le encantaba la vida que había elegido, era algo solitaria pero le fascinaba el silencio en el espacio a las cuatro de la mañana, el silencio en las avenidas de Krypton, la estructura familiar del cuadro de policía donde todos se apoyaban como hermanos: la camaradería y la lealtad eran las bases de aquella pequeña sociedad, de aquel pequeño mundo en que vivían, paralelo al “mundo real” del resto de kryptonianos. Los padres de Kara también vivían en Argo City: su padre, Zor-el, gobernaba la ciudad. La casa de El tenía mucho poder en Krypton pero era considerada de tendencias progresistas, algo revolucionarías, la palabra “peligrosos” se les asociaba con frecuencia debido al simple hecho de que no veían la tradición como algo inamovible. Zor-el había escogido hace tiempo marcharse a Argo City como una especie de exilio, huyendo de sus enemigos políticos y del corsé en que se movían las altas esferas de su planeta. Su hermano Jor-el, en cambio, había preferido quedarse e intentar cambiar la sociedad, tragar por algunas cosas para poder seguir transformando su mundo. Zor-el era más impulsivo e intransigente, aguantaba menos, y la mayoría de los miembros del Consejo habían visto con buenos ojos su marcha.
Para Kara, el haber nacido en Argo City le había supuesto una excelente oportunidad: siendo de una casa noble podría haber elegido la vida que quisiera. Haber salido de la primera luna y vivido en el planeta, entre los de su clase, rodeada de lujos, casándose con el hijo de alguna casa importante, desarrollando los proyectos que deseara. Pero Kara era hija de sus padres, tenía la misma vocación por el cambio social. Ingresó muy joven en el cuerpo de policía, uno de los escasos entornos donde una mujer podía desenvolverse con independencia, y encontró allí la manera de canalizar su energía. La policía de Krypton era el único gremio en que se admitían no kryptonianos. Argo City era como una tierra intermedia, como un limbo en el que las distintas razas podían convivir pacíficamente, donde alienígenas ciudadanos, con papeles, optaban a disfrutar del modo de vida kryptoniano, con acceso a toda la tecnología y riquezas disponibles. Así, patrullando juntos, es como Kara había conocido a Senth-V7, un ser de dos metros y medio, un cyberpolicía venido de un sistema relativamente cercano. Todo su cuerpo era “normal” excepto los brazos. Los brazos de Senth estaban hechos de uno de los materiales metálicos más resistentes del universo, integraban todo tipo de armas de fuego, grandes brazos con los que a veces la rodeaba para cubrirla durante sus intervenciones más peligrosas. Cómo deseaba a veces estrechar sus inmensas manos mecánicas, pero su amor por él era imposible y secreto y nada hacía sospechar que lo que Senth sintiera hacia ella fuera más allá de la amistad y el compañerismo.
Esta noche, Kara había salido a patrullar temprano. Pasaría por casa de sus tíos para recoger el dossier con las nuevas ordenanzas de defensa y estudiarlo antes de que se aprobase. En teoría estaba prohibido tener acceso a un documento legislativo antes de su publicación pero alguna ventaja habría en tener a un familiar en el Consejo de Krypton. Aprovecharía para saludar a Kal-el, al que hacía meses que no veía.
Cuando su nave aterrizó en la plataforma de recepción, se encontró con que la Dama Lara tenía visita. Una mujer ataviada con ropas nobles hablaba con ella.
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- Dama Nyra, te presento a mi sobrina Kara…
- La hija de Zor-el…
- Sí, así es, ¿cómo estás mi niña? – Lara la abrazó
- Bien. De patrulla.
- Nyra voy un momento a buscar ese holograma. Tendrás prisa por volver a tu casa. Kara, enseguida vuelvo…
Nyra aprovechó para mirar a Kara de arriba abajo. Ella se ajustó hacia abajo la chaqueta del traje de policía
- ¿Y cómo están las cosas por Argo City? Debe ser un lugar un poco… Inhóspito
- No... Lo cierto es que nuestra ciudad destaca por su hospitalidad y la buena acogida que damos a conocidos y visitantes… Allí todo el mundo se siente como en casa
- Ya... Qué lástima que Zor-el decidiera marcharse del planeta. Tú podrías haber llevado otro tipo de vida, menos dura, no tendrías por qué trabajar para las fuerzas del orden… |
- Servir a Krypton no es ninguna obligación, señora, sino una recompensa…
- Bueno… Parece que tu primo no opina lo mismo. Dado que ha salido huyendo de todas sus obligaciones… Ese viaje a la Tierra en vísperas de su juramento… Qué inapropiado, ¿no crees? Un lugar tan salvaje, tan indecente… Ya se sabe qué tipo de cosas se van a buscar a esos sitios…
A Kara le sorprendió esta noticia pero entraba dentro de lo que su primo podría haber hecho. La actitud y el tono de la noble Nyra habían conseguido enfurecer a Kara. Aquella era claramente la intención de la Dama y a Kara le frustraba que se hubiera salido con la suya. La Dama abusaba de su posición. Kara no debía contestarle. Estaría fuera de lugar, sería terriblemente irrespetuoso, ofensivo… Pero no conseguía contenerse
- ¡Conozco bien a Kal-el y estoy segura de que…!
- ¡Kara, gracias por esperar! – se adelantó Lara – Nyra, discúlpame, aquí está el holograma. Espero volver a verte pronto. Mi casa está abierta para ti.
Nyra miraba a Kara con severidad y estuvo tentada de decir algo pero finalmente se relajó y se despidió de su anfitriona para embarcar en su nave
- Esa mujer es odiosa – comentó Kara a su tía, una vez se hubo marchado la invitada, de camino a la sala principal – Aprovechan cualquier momento para pasarnos sus prejuicios por la cara. No sé para qué los invitas
- Querida niña, los mundos de la política y la diplomacia son tan complejos y tan llenos de situaciones incómodas… Nuestra posición es la que es y a ello debemos resignarnos
- Tía Lara, no hay por qué resignarse siempre. Podríamos… Podríamos no tenerle tanto miedo a la palabra “revolución”
- Kara, no hables así. Debemos lograr el cambio pacífico, aunque sea un camino más difícil, aunque lleve más tiempo. Las armas de nuestra Casa siempre han sido la sensatez y el buen juicio, el ejemplo, el diálogo… La violencia debe ser siempre el último recurso. No debemos perder la fe en el pueblo de Krypton.
- Los pasillos del Consejo y del estado están corruptos…
- Pero no los corazones de los kryptonianos. A la hora de pronunciarse, sabrán que es lo correcto…
- Eso espero.

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