10. El gran sacrificio


Cuatro meses después de la muerte de Alfred, Bruce Wayne tomaba en matrimonio a Selina Kyle, rodeado de muy escasos familiares pero de muchos amigos.

 

 

Clark estaba feliz de que comenzara una nueva vida que pudiera hacerle olvidar la tristeza de la ausencia de Alfred. Selina le hacía sonreir de nuevo. Parecía que finalmente había encontrado un espíritu afín que le complementara y le diera lo que estaba buscando. Diana estaba entre las damas de honor y Clark la miraba durante la ceremonia,  preguntándose cómo sería posible que llegase a algo parecido a lo que Bruce y Selina habían construido. Si ella rindiese su corazón tan solo lo suficiente como para ponerse a su altura... Renunciar a aquello necesario para que pudiesen estar juntos, de la mano, sin tener que ocultar su relación al mundo, a la Alianza, a las amazonas... ¿Hasta dónde estaría ella dispuesta a sacrificar? Si había sido difícil conquistar su cuerpo, mucho más lo estaba siendo conquistar su corazón. De hecho era posible que el corazón de Diana fuera sólo propiedad de ella misma, imposible de rendir o de entregar. Era testigo de su lucha interna. A veces no lograba controlar sus sentimientos y parecía ser simplemente feliz a su lado, pero otras veces se retiraba, huía, se daba cuenta de en donde estaba apoyando los pies. Y en este camino de tiras y aflojas Clark se estaba volviendo loco.

Al mismo tiempo de anunciar su matrimonio, Batman había revelado su identidad a los medios de comunicación. Selina era Catwoman a los ojos del mundo, no podía seguir ocultándose. Había hecho por ella el gran sacrificio, se habían librado de las sospechas, los ocultamientos, las conexiones que relacionaban a Batman – Catwoman – Selina – Bruce. A partir de ahora Bruce era a un tiempo el hombre murciélago y el dueño de industrias Wayne.

Mientras Clark bailaba con Diana, después del vals, decidió plantearle sus dudas

- Escucha, quizás... Quizás yo debería hacer lo mismo que ha hecho Bruce...

- ¿A qué te refieres?

- Quizás podría renunciar a tener una identidad doble. Integrar las dos partes. Quizás así podría estar a tu lado, nos libraríamos del miedo a que nos relacionasen...

El semblante de Diana se llenó de gravedad y tuvo que tragar saliva para poder hablarle. Se lo llevó aparte, a los balcones de la mansión Wayne

- Kal, no lo hagas...

- ¿Por qué?

- No servirá de nada

El asimiló su respuesta y prosiguió

- No era cuestión de protegerme, ¿verdad? Es simplemente que nunca estarás dispuesta a ningún tipo de compromiso...

- Algún día tendré que volver con las Amazonas, necesitarán a su reina – Diana sentía el miedo agarrotándola por dentro - Tendré que elegir...

- Si piensas dejarme de todos modos, ¿por qué no me dejas de una vez? ¡Elige ya, maldita sea!, deja de tenerme así, pensando en que cualquiera de estos días habrás desaparecido y te habrás ido a un lugar al que no puedo seguirte. Márchate a Temiscira o quédate a mi lado, con todas las consecuencias

Él nunca la había visto tan tensa. El momento de tomar decisiones había llegado, el momento que ella tanto había temido porque rompería el frágil equilibrio que había construido entre sus muchas facetas, deberes y sentimientos

- No puedo, Kal

- Entonces vete – le dijo con dolor – y déjame seguir con mi vida

- Te quiero pero es que...

- No es cierto. Tú no sabes lo que es querer a nadie. Eres sólo tuya, nunca...

- Lo siento – le dijo bajo una máscara pétrea, detrás de la cual ocultaba todas sus emociones.

Abrió el portal de Temiscira y desapareció a través.

Clark se quedó solo en la balaustrada, dolido, furioso y decepcionado. Al final ella no había tenido agallas. No le quería, no lo suficiente. Había sido cobarde hasta el final. A él no le había quedado más remedio que provocar esta situación, ponerla contra la espada y la pared. Sufría pero se sentía aliviado por haber dado un paso en aquella situación que le había causado tanta preocupación e inseguridad. Ahora por fin sabía que su historia con la amazona había sido siempre un imposible

 

 

Diana llegó sin aire al otro lado del portal. Arrodillada en el mármol del palacio, tenía los dedos agarrotados sobre la corona. No conseguía respirar

- Hera, dame fuerzas... – repetía

Aún sentía pánico, le daba vueltas la cabeza. El vértigo de ver su vida transformada de la noche a la mañana. Sólo había pasado algo más de un año junto a Kal, cómo podía haberle provocado esto. El tiempo de los dioses se medía en décadas, en centurias. No era como el tiempo de los humanos. Se quitó la tiara y se pasó las manos por las mejillas y las sienes, sólo para descubrir que se le caían las lágrimas.

- Maldita seas, Diana, dónde está tu disciplina ahora. Has hecho lo que tenías que hacer. Tu sitio está aquí, entre medias de los humanos y los dioses. Tu misión está por encima de todo esto. Recuperarás tu lugar

 

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