4. La noche de las Perseidas

Se abrazó a ella como si realmente pudiera desaparecer de su vida a la mañana siguiente. Nunca sabía cuál iba a ser la última noche en que podría aspirar aquel perfume de sándalo sobre la piel morena, besar sus labios maquillados de pigmento artesanal, morder delicadamente sus caderas de bailarina exótica.

Talía tenía la marca de lo prohibido tatuada por todo su cuerpo. Le gustaba acariciar su melena oscura mientras le hacía el amor sobre la mesa de diseño de su lujoso ático de Gotham.

No podía confiar en ella. No debía. Ella le debía lealtad a su padre, aunque no hubiera podido cumplir con su misión de espía. Había caído rendida ante su víctima, seducida por su misterio. Él tampoco se había guiado por el sentido común y pasaba las noches acariciando la luz de la luna sobre la piel de la hija de su peor enemigo. Quizás Ra’s Al Ghul sabía, quizás no. Sonaba casi incluso típico, pero el peligro atrae al peligro y entre ellos existió desde el principio una atracción inevitable, una caída innegociable hacia la horizontalidad, una invisible orden mandataria que se mantenía en el aire cuando estaban cerca el uno del otro.

Se quejó mientras se empujaba en un último esfuerzo dentro de ella y quedó exhausto en sus brazos. Intentó recuperar el aliento. Al fin un poco de paz mental, siempre escasa, siempre al final vencida por el deseo de tener su cuerpo otra vez.

La abrazó y la acostó con cuidado sobre la alfombra y se tumbó a su lado, tomando el muslo de ella y encaramándoselo por encima de la cintura. Su piel era de un dorado oscuro, como la arena de algún desierto asiático, y el pelo negro le brillaba, le recordaba a los reflejos del agua que se filtraban en lo más hondo de la batcueva, los destellos insospechados en medio de aquella noche profunda.

 

 

No podía acabar bien. Entre Ra’s Al Ghul y Batman no era un sitio seguro para estar. Le acarició los mechones de la frente, aún estaba sudorosa por el esfuerzo.

- Talía, ¿cuándo volverás a marcharte?

- No lo sé, pronto quizás. Debo cumplir otras misiones para mi padre

Habían quedado en no hablar nunca de aquello. Estaba muy claro que ella seguía siendo fiel a su bando y no dejaría que Bruce tomara la delantera en el papel de espía. Pero a él le cansaba esta situación de incertidumbre. Sabía que lo que tenían no era precisamente un amor platónico pero aquello que fuera lo que tuviesen, no quería perderlo. A veces la deseaba tanto que no conseguía pensar. Si desaparecía completamente se volvería loco. A veces se preguntaba si Talía no estaría usando sobre él algún filtro afrodisíaco traído de la lejana Mongolia y le estaría hechizando poco a poco. Pero no, el hechizo era ella misma, una criatura exótica, tremendamente inteligente y astuta y una amante de altura, la mejor que Bruce Wayne había conocido.

- Misiones para tu padre... ¿Cómo seducir a sus enemigos?

- ¿Estarías muy celoso?

- No te rías de mí, Sherezade, tus poderes para embrujarme no te durarán siempre... – le dijo mientras se colocaba sobre ella y la sujetaba de las muñecas. En sus oídos escuchaba de nuevo el rumor de la sangre, el zumbido de la necesidad. Qué poco duraba el silencio cuando la tenía cerca

- No te estarás enamorando, ¿verdad?

- Ese era seguramente tu plan... ¿Te quedarías entonces?

- Es posible...

- Mientes... – le dijo mientras se deshacía de deseo en sus ojos negros – Pero hasta cuando mientes estás hermosa. Me vuelves loco, Talía.

La besó y empezó a hacerle el amor otra vez. Pensó que nunca podría tener suficiente de aquella desconocida mujer.


Aquellos eran caballos salvajes de Montana, los más indómitos y peligrosos de todos, aunque montarlos no tenía ninguna dificultad para una mujer como Diana, criada entre amazonas. Fue fácil utilizar su velocidad, regalo del dios Hermes, para igualarse con un hermoso purasangre negro a la cabeza del grupo de caballos al galope. Lo agarró de las crines y se encaramó sobre su grupa, sus vaqueros adaptados a la anatomía del animal. Le gustaba la sensación salvaje y libre de cabalgar, mientras acariciaba el pelaje oscuro y susurraba algo que Clark no consiguió descifrar. Él la seguía en la altura, a poca distancia y ella pronto le hizo un signo para que bajase. Descendió rápidamente y agarró las crines de un caballo marrón oscuro, que cabalgaba junto al de Diana, y se sujetó sobre su grupa. De pronto Diana dijo algo, era casi imperceptible, como un susurro extraño, diferente de cualquier cosa que él hubiera oído antes. Los dos caballos de cabecera se retrasaron y se desviaron del grupo, cogiendo un rumbo completamente diferente. Diana los llevaba pendiente abajo, hacia el fondo del valle, a cruzar el río. Sobre sus cabezas continuaba la lluvia de estrellas fugaces, en una noche sin luna que pudiera quitarles protagonismo.

Los caballos golpearon las piedras del río con sus cascos salvajes y todavía galoparon un rato a campo abierto, hasta que se metieron en la siguiente arboleda. Clark intentó hacer parar al caballo tironeándole ligeramente de las crines, pero no consiguió ningún resultado. Diana los tenía completamente bajo su mando. Podría haberlo detenido por la fuerza pero tampoco quería herir al animal, que estaba volcado en su frenética carrera.

- ¡Diana, frénalos!¡Diles que paren!

Ella volvió a decir algo y el caballo de Clark se paró en seco y se encabritó, separándole de su cuerpo. Cualquier otro jinete hubiera caído pero él se mantuvo flotando en el aire, a escasa distancia. Diana volteó su montura.

- ¿Qué pasa?, ¿ya estás cansado?

- Yo no me canso. Es por ellos. Dales un respiro, ¿no? – lo cierto es que ya estaba harto de la carrera.

- ¡Aún no!

Volvió a girarse y siguió su camino al galope. Clark se adelantó en el aire y se encaramó a la grupa del caballo que ella montaba, abrazándola por detrás, un brazo sujetándose alrededor de su cintura y el otro rodeando hasta coger las crines. Este movimiento la dejó descolocada

- ¿Por qué tienes que ser tan cabezota? – dijo a escasos centímetros de su oído

- Está bien

En una rápida maniobra de huida, frenó al caballo, descabalgó y se puso a caminar. Los caballos la seguían. Clark, decidió seguir sobre la grupa, ahora que iban al paso. Al principio no le dijo nada pero estaba claro que ella era demasiado orgullosa como para romper el hielo y él no se iba a pasar todo el paseo en silencio

- Cuéntame algo de Temiscira. Debe ser un lugar muy diferente...

- Es diferente, sí. Un lugar lleno de paz y tranquilidad, no como aquí. No tenemos necesidad de nada, no hay que trabajar para comer. Las cosas son muchos más fáciles. Isla Paraíso, donde yo vivo, se parece un poco a las islas griegas.

- Bueno, al menos si tienes mucha nostalgia puedes irte allí y te sentirás como en casa.

- Sí, me podría construir algo, ¿no? Como tú en los polos...

Clark se sonrió con ironía:

- No, mi casa es Metrópolis... Y Smallville. Sólo voy a la Fortaleza cuando necesito pensar. Krypton sólo es un lugar de referencia para mí.

- Yo puedo ir a Temiscira cuando quiera. Sólo tengo que abrir un portal y paso de un lugar a otro. De hecho la semana que viene tendría que ir, el martes. Hay un acto importante, debería estar. También para arreglar asuntos

- No hay problema

- Supongo que podréis pasaros un día sin mí

- Supongo que sí

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Como había dicho Diana, el martes a primera hora abrió el portal, con la promesa de volver al día siguiente. Todo estuvo tranquilo hasta el mediodía, en que una llamada de emergencia les alertó. Era la primera acción pública de la JLA y Diana no estaba. Se trataba de algo de poca importancia, sin mucha complejidad, entre dos o tres de ellos lo podían dejar cerrado. Resolvió no avisar a Diana, aunque ella le había dejado instrucciones muy precisas de cómo darle aviso. Para qué molestarla para nada, volvería al día siguiente y se lo explicaría.

A la mañana siguiente, a primera hora, volvió a encontrársela en la cafetería, uniformada y con la vista fija en la pantalla de plasma. Las noticias resaltaban la intervención de la JLA en su primera aparición pública, resolviendo una pequeña crisis de inundación en Panamá.

- Diana, escucha...

Ella no le dirigía la palabra

- Eran tan sólo unos pocos diques desbordados, lo atajamos en escasos minutos - prosiguió

- Yo decidiré a partir de ahora cuales son mis prioridades, no las decidirás tú por mí. Creo que es mi derecho como integrante de la Liga recibir todos los avisos y tú no eres quién para hacer de filtro

- Mira, Diana, no te lo tomes así

- ¿Cómo quieres que me lo tome? No puedo darme la vuelta con la confianza de que me trates como a un miembro más. En el fondo creo que te alegras de que no estuviera, de que te estorba mi oposición a tus ideas, de que prefieres quitarme de en medio porque así puedes tomar tus decisiones más rápido...

- Eso no es así. En esta crisis no eras imprescindible

- ¿Y en cuántas más crisis voy a ser prescindible, Kal?, ¿en todas aquellas en que pueda suponer un peligro para tu manera de hacer las cosas? Me fui dejándote las cosas claras, a partir de ahora ya no podré confiar en ti. Pero te advierto, no me haré a un lado, soy miembro de este equipo tanto como tú

Clark se sujetó las sienes. El orgullo acabaría matándola, estaba seguro. Qué manera de magnificar una tontería

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