4. Los ojos del lobo ártico
La desesperanza está fundada en lo que sabemos, que es nada, y la esperanza sobre lo que ignoramos, que es todo*

Su enemigo volvía a estar enfrente de él, en la oscuridad, sentando, moviendo la copa.

- Cuándo me vais a decir qué es lo que queréis...

- Ya te queda poco, Kal-el, ten paciencia...

Clark bajó la cabeza con resignación. Parecían saberlo absolutamente todo.

- Tranquilo, no tenemos planes de matarte...

- Entonces me pregunto por qué sigo vivo. Supongo que lo que queréis es utilizarme...

- Todos nos utilizamos los unos a los otros, Clark. Lo único que cambia es la posición de los jugadores. Tú estabas bastante arriba, así que te hemos cambiado un poco de circunstancias para que seas más fácil de manejar. Pero eso es la vida, el fuerte se come al débil... En cuanto tiene ocasión.

Nunca había conseguido que su interlocutor le hablara tanto. Bajo la voz neutral se le notaba un acento extraño, como del este de Europa.

- Lo que queráis hacer, hacedlo ya.

De repente se oyó un zumbido y el extraño sacó del abrigo (un larguísimo abrigo, que parecía arrastrar por el suelo... Quizás sería una capa...) un pequeño dispositivo electrónico. Al abrirlo, la pantalla luminosa desveló unos enigmáticos ojos verde-dorado en el rostro encubierto.

 

 

- Ya están aquí. Tus preguntas van a ser respondidas muy pronto...

El extraño se volvió hacia la puerta y se alejó a grandes pasos y la capa le seguía como una sombra.

- ¿Quién está aquí? – exigió Clark.

El embozado se paró en seco y volvió sobre sus pasos. Se acercó hasta la reja lo más posible, pero fuera del alcance de su prisionero, colocándose bajo un foco de luz. Aquí, Clark pudo ver el estilizado brazo blanco saliendo de entre la capa de terciopelo negro, la mano elegante y cuidada, enjoyada con un inmenso anillo, las uñas largas pintadas de oscuro alrededor de la copa. Se arrancó el embozo, dejando al descubierto el rostro de una mujer exhuberante y atractiva, de maneras sensuales y aire de superioridad. Tenía la expresión fría de un ave nocturna y un brillo sobrenatural en lo profundo de los ojos. Se acercó más a la reja, la capucha de la capa se le escurrió del todo, desparramándose todo el pelo, castaño oscuro, por encima del terciopelo.

 

 

- ¿Quién? – Le repitió Clark en un susurro, tratando de disimular su sorpresa.

La mujer habló muy despacio, esta vez con su verdadera voz.

- Tu mujer..., Lana...

Clark se quedó paralizado. Ella se le acercó más, con un susurro sibilino.

- Y mi marido..., Lex...

Varios pisos más arriba, Lex le abría la puerta a Lana y metía su equipaje dentro del apartamento, de un auténtico lujo.

- Aquí te encontrarás como en casa. Toma la llave. Si necesitas algo me puedes llamar al móvil. No tendrás ningún problema. El apartamento está equipado con todo, tienes comida y bebida, minibar... Este es el número del servicio de habitaciones. Recuerda que esto es como un hotel pero para largas estancias, así que pide lo que te haga falta.

- Muchas gracias Lex. De verdad.

- Me pasaré mañana, a ver cómo estás

Le dio dos besos y se marchó. Se había hecho tarde y Lana no pensaba salir. Abrió las maletas sobre el suelo y sacó de ellas el cuaderno del instituto que había encontrado en la habitación de Clark. En medio de sus hojas había metido varias fotos que Martha guardaba en el salón. Se acostó sobre la cama y empezó a pasar las páginas, esperando que le llegara el sueño

Mientras, en su celda, Clark sentía arder sus ojos, pero no de fuego sino de pura furia y sentía arderle la garganta y el pecho y los puños. Se agarró con fuerza a los barrotes. Estaban electrificados, le quemaban las manos... Los apretó hasta que no pudo más del dolor y cayó de rodillas ante la mujer.

- ¡Espero que te siente bien la viudedad, porque voy a matar a Lex Luthor en cuanto salga de aquí! – le dijo levantando levemente la mirada

- ¡Estúpido! Estás en la posición de un gusano y aún así te atreves a amenazarnos... Podríamos haberte matado en aquella planta...

– Pero no tendríais lo que queréis de mí... ¿verdad? – la mujer no pudo responder y tuvo que morderse los labios - Creí que Lex podía ser oscuro y retorcido pero esto supera todo lo imaginable... Hacer saltar la planta por los aires... Matar a toda esa gente... Tenerme aquí encerrado ocultándome su identidad...

- Debo reconocer que, desde que se casó conmigo hace un año, ha mejorado mucho... Cuando le encontré en Praga era sólo un aprendiz, algo torpe en la ejecución. Yo le he enseñado a cuidar los detalles, que es donde verdaderamente está la maestría de un plan... Hay que saber ser paciente y disfrutar cada parte de una tortura. Si no, la diversión se acaba en seguida.

- Parece que estáis hechos el uno para el otro... – Clark negaba con la cabeza en gesto de resignación. Lex había estado ausente de los Estados Unidos durante un año completo. Había vuelto apenas a un par de semanas de la boda de Clark con Lana y no se le había visto acompañado. La relación entre ellos era distante y tensa pero no abiertamente hostil. Evidentemente, Lex había vuelto de Europa siendo un enemigo más cruel y con menos escrúpulos - Se merece lo que le va a pasar...

Ella se arrodilló y alargó la mano hasta apoyarla sobre el pecho de él.

- Infeliz Clark, aún no te das cuenta de cuál es tu situación...

Él le apartó el brazo con un rápido gesto, causando que colisionara contra los barrotes y le diera un calambrazo. Ella, iracunda, se incorporó con un gesto de dolor.

- Esta actitud tan poco colaboradora y tan poco inteligente la pagará tu querida Lana. Parece que no hayas aprendido nada en el tiempo que llevas aquí. Espero que un poco de contacto visual consiga hacerte entrar en razón.

La mujer apretó un botón junto a la pared y se iluminó la pantalla de la celda, que siempre había estado apagada. Mostraba una vista aérea de Lana, recostada en la cama de un apartamento decorado en tonos cálidos, naranjas y ocres. Clark sintió como si le hubieran colgado una pesa del corazón.

- Lana...

- ¡Guardias! – al momento se abrió la puerta del fondo y llegaron los dos vigilantes - Dejádmelo atado para la próxima vez. No quiero tener otro accidente con estos malditos barrotes.

La mujer se volvió y se alejó a grandes pasos por el pasillo

* Maurice Maeterlinck

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