5. El estadio superior de desarrollo humano La moral burguesa es propia de espíritus débiles y apocados, no de hombres libres, "señores” *
Eran las cuatro de la mañana y Lana ya llevaba más de una hora dando vueltas en la cama, repasando cuáles serían los pasos a dar para retomar su vida. Necesitaba encontrar un nuevo lugar para vivir, un lugar propio, donde empezar a asentarse poco a poco de nuevo. Tendría que empezar a buscar piso en Metrópolis. Y luego estaba el trabajo en el Museo... Hacía tan sólo meses que no pasaba por allí pero le daba la impresión de que había vivido dos vidas desde la última vez.
Se levantó por fin, de golpe, y decidió ir a servirse un zumo. La nevera estaba realmente llena de exquisiteces. De bombones y helados caros, salmón ahumado, perdiz a la trufa...
- Un zumo, por favor, un simple zumo de súper... – Susurró mientras rebuscaba. Por fin, detrás de unas latas encontró unas botellas de mosto de uva roja, etiqueta negra y dorada – Bueno, esto servirá.
Se lo sirvió en una copa y se lo llevó hasta la cama. Apoyó la almohada contra la pared y se sentó recostada, con la copa en la mano. Con la otra se colocó las fotos de Clark sobre el camisón de seda color bronce y empezó a pasarlas. En una de ellas se le veía con gafas, repasando unas notas para un artículo durante una excursión de fin de semana, en un pueblo a unas 4 horas de Smallville por carretera. Ella intentaba acompañarle siempre que podía, siempre que no era entre semana. Así el trabajo extra no les quitaba tiempo de estar juntos. Aquella noche la habían pasado en una especie de alojamiento rural, cerca del bosque y había ocurrido algo muy extraño incluso tratándose de Clark. A las dos de la mañana, ella se había despertado sin sueño, como le estaba ocurriendo ahora. Se dio la vuelta en la cama y vio a Clark dormido a su lado... A suficiente altura como para poder ver la pared de enfrente por debajo de su cuerpo. El efecto era casi imperceptible pero sin embargo evidente: estaba levitando, estaba suspendido en el aire y ni siquiera se daba cuenta. Lana no sabía qué hacer. Sabía que tenía una fuerza y una resistencia muy superiores a las normales, que nunca enfermaba y que podía llegar a los sitios más rápido que nadie pero esto era tremendamente extraño. Quizás debería despertarle... Si seguía subiendo se podía dar con el techo... Resolvió no decir nada. A Clark no le gustaban las sospechas ni las preguntas, sólo quería que le trataran como a un tipo normal y corriente. Decidió no hacer nada e ignorar el asunto. Si se caía o se hacía algo no le iba a doler de todos modos. Además, sobresaltarle era peligroso. Una vez le empujó sin querer y él le devolvió el empujón, dormido. La tiró de la cama, prácticamente la estrelló contra la pared. Estuvo con el brazo en cabestrillo un mes entero. A él le dijo que se había tropezado.
A la media hora de estar cavilando, se volvió de nuevo...Dios, todavía estaba flotando... Parecía un fantasma o algo.
- Que se le pase ya... – murmuró entre dientes.
Clark abrió los ojos muy despacio. Se dio la vuelta e intentó agarrar la almohada. No parecía estar cerca. Por fin, palpando hacia abajo, la agarró y se la puso bajo la cabeza, a cierta altura. Al soltarla, la almohada volvió a caer por su propio peso. Lana pensaba que la risa contenida iba a acabar con ella. Se tapó la mano con la boca pero no quería cerrar los ojos. Aquello era demasiado bueno para perdérselo. Ojalá hubiera podido compartirlo con él, para chincharlo de broma. Por fin, Clark se despertó lo suficiente como para darse cuenta de que algo no iba bien. Miró la almohada por debajo de él y empezó a descender muy lentamente hasta ponerse al nivel de la cama.
Lana se hizo la dormida. Él se dio la vuelta y la miró un momento en silencio, a la luz de la luna. Luego se acercó hasta ella y la abrazó.
- Mmm... Clark, ¿qué pasa? – disimuló ella, tratando de poner voz de sueño.
- Nada, duérmete.
- Te quiero mucho.
- Te quiero.
Lana se encontró a sí misma sonriendo tiernamente mientras miraba la foto y recordaba aquella anécdota. Había disfrutado mucho compartiendo el tiempo con él y descubriendo cosas nuevas sobre lo que podía hacer. Aunque no hablaran de ello, no importaba. Había una complicidad en el silencio y eso hacía que la relación estuviera libre de tensión. Cuando se vino a dar cuenta, las lágrimas estaban otra vez rodando por sus mejillas. Se frotó los ojos rápidamente con el dorso de la mano.
- No, Lana, tienes que llorar menos...
Apuró la copa de mosto y apagó la luz de la mesilla.
Al día siguiente le dolía la cabeza, no se encontraba muy bien y tenía el estómago revuelto. Llamó al servicio de habitaciones y pidió un vaso de leche caliente, un croissant y una aspirina. Decidió que iría al Museo más tarde. Necesitaba descansar.
Por la mañana, Clark se sentía agotado y triste. Miraba la pantalla inexpresivo y arrastrando cansancio, con los ojos enrojecidos. Apenas podía moverse con las ataduras y no había podido apartar los ojos de Lana desde la noche anterior. La había visto pasando las fotos, sonriendo ensimismada, llevándose la copa a los labios, frotándose los ojos para arrancarse las lágrimas. Estaba sufriendo en vano, por un maldito engaño. Dormía agarrando el brazalete que él le había regalado.
- Buenos días, Clark – la voz a su espalda le sobresaltó. Debido a su cansancio y a su distracción no había oído llegar a nadie. Se volvió violentamente. Era Lex.
- ¡Maldito bastardo!¡cobarde!¡eres un muerto viviente!, ¿me oyes?, ¿cómo has podido hacernos esto...A mí...A Lana...? Te voy a poner bajo tierra en cuanto salga de aquí...
Lex, sonriendo, abrió la reja y se adelantó hasta Clark. Él tenía las ataduras enterrándose profundamente en los antebrazos y las muñecas debido a la tensión, pero no se daba cuenta. Lex iba vestido de negro y llevaba unos guantes de algún material parecido al neopreno.
- Cállate ya, Clark, de verdad. No me aburras con referencias a cosas que no pueden ser. Desvarías, estás lejos de la realidad. Es como si David se hubiera puesto a insultar a Goliath en lugar de golpearle con la honda.
- Cómo has conseguido dejarme...
- ¿Sin poderes? Ay, sin duda esa es la pregunta que más te has debido hacer en estas semanas... ¿Cómo se siente uno siendo un miserable y patético ser humano normal? Yo estoy harto de esa sensación...
- ¿Cómo habéis averiguado lo de mi nombre?
- Clark, son demasiadas preguntas... ¿Cómo me trajisteis aquí?, ¿Qué pasó después de Grandville?, ¿Con qué estáis drogando a Lana?... – Lex guardó silencio y esperó la reacción.
Clark se quedó pálido y sintió cómo el peso de sus preocupaciones aumentaba de repente, dejándole sin fuerzas.
- Deja a Lana al margen. Ya la has torturado suficiente...
- ¿Suficiente por haberte preferido a ti? No, Clark, creo que no es suficiente.
- Tú ya tienes a tu mujer...
Lex esbozó una sonrisa
- Es impresionante, ¿no es verdad? Una extraordinaria belleza caucásica y un corazón volcado a la vida, a la voluntad y al destino. Una mujer libre, poderosa en el fondo de su alma, una hija de señores capaz de dominar sin remordimiento...
- Una asesina como tú... ¡Mataste a doscientas personas en esa planta!
- Eso es cierto... Aunque no lo pretendía. Fue realmente un accidente. Tú eras el único objetivo. Sin embargo debo reconocer que supuso una maniobra excelente para confundir tu falso cadáver entre la multitud, ocultar pruebas, sobornar a forenses y hacer más creíble tu muerte. Y tampoco le vino mal a Lexcorp... Es una pena que no se me ocurriera a mí.
- No me has contestado a mi primera pregunta... ¿Cómo has conseguido contrarrestar...?
- Y sin embargo de entre todas las preguntas no has hecho la más importante: – respondió Lex, ignorándole – ¿cuál es la razón de que estés aquí?, ¿cuál es el motivo último por el que Lana está metida en esa cama, creyendo que está viuda, deprimida y controlada por las drogas? – Lex movió la cabeza de un lado a otro con gesto de reprobación – No, Clark, eres tan egoísta como cualquier hombre. Sólo te preocupa recuperar tus poderes, la capacidad de imponer tu voluntad que tanto desperdicias habitualmente... Pero cómo la echas de menos cuando la pierdes... ¿verdad?
- Lex, está claro que nuestras mentes son tan distintas como un desierto y un paisaje helado...
- Eso es evidente, mi querido amigo, porque tú tienes la mente insignificante de un perdedor, no tienes ambición ni ganas de superarte... Tu voluntad está sepultada bajo la losa estéril de la razón. Desde que averigüé que tienes poderes me resultas más patético que nunca. Cometes el inmenso crimen de desperdiciar tus talentos. Tú eres el que atenta contra la naturaleza y no yo, tú eres quien tiene miedo a la vida y a la fuerza y a la gloria.
- Y tú cada vez resultas más inhumano...
- ¿Qué sabrás tú de lo que es ser humano? Sólo eres un maldito extranjero en este planeta, al que casualmente se le ha dado el increíble destino de dominar el mundo y que en cambio no tiene el valor de dar un paso adelante. Por suerte yo reconduciré ese don y transmitiré ese destino a mi hijo. Él será el nuevo paso en la evolución humana, el auténtico “superhombre”...
- ¿Tu hijo?
- ¿He dicho mío? Bueno, en realidad será tuyo, pero eso es irrelevante. Será mío y de la Contessa.