6. El baile de los vampiros
Escúchalos, los hijos de la noche. ¡Qué música crean!... Ah, señor, ustedes los habitantes de la ciudad no pueden comprender los sentimientos del cazador *

 

- Ni siquiera sé si puedo tener hijos con Lana, ¿qué te hace pensar que será diferente en su caso?

- Ah, ¿no te has fijado bien en ella? No es una mujer cualquiera, Clark. Su sangre es poderosa. Desciende de una línea de inmortales. No envejecen y no mueren de forma natural... Vas a tener en el futuro un poderosísimo enemigo... El padre destronado y vencido por su hijo, qué destino tan legendario: el rey Arturo y su hijo Mordred, Edipo y Layo, Cronos y Zeus... Aunque la historia dirá que fue mi hijo el que te venció. Un hijo descendiente de reyes, un emperador, con la mejor mezcla de sangres que el mundo haya visto. Será mayor que Alejandro el Grande y que los césares y que Napoleón...

 

 

- Nunca serás su padre, Lex – le dijo, cansado. Sabía que era una batalla perdida.

- No es eso lo que me decías en nuestros años de juventud, cuando hablabas de tus padres adoptivos... “Tus verdaderos padres son aquellos que te quieren y te apoyan cada día”, ¿no?, alguna tontería así me decías. Bueno, tus verdaderos padres son aquellos que le dan forma a tu mente y a tu espíritu y te educan para ser un hombre libre y no un esclavo, añadiría yo. Tu padre biológico seguro que hubiera hecho eso por ti, ¿verdad Kal-el? Por cierto, si quieres saber de dónde he sacado tanta información, pregúntale a tus padres, a tus padres débiles, los terrícolas.

Clark le miraba en silencio, temiendo lo que pudiera decirle. Lex continuó hablando.

- Llevaba tiempo detrás de vigilarles de cerca pero sabía que mientras estuvieras rondando la casa no iba a encontrar la manera. Por suerte, esas dos semanas que estuviste de viaje, pasándolo bien con Lana, fueron suficientes. Pobres señor y señora Kent, todo el día echándote de menos, rememorando batallitas y anécdotas, hablando en petit comité pero revelando todos tus secretos en las decenas de micros que puse por toda la granja... Por supuesto, pedí que los quitaran antes de que volvieras. Después de esas dos semanas he comprendido por qué lo encontrabas todo por muy oculto que estuviera... Lo que si me tendrías que explicar es cómo te lo montas con Lana porque no debe ser nada fácil y de eso tus padres sí que no hablaron...

- Lex, ¿cuando se va a acabar esto?, ¿cuándo nos vas a soltar?, ¿cuando, maldita sea, vas a dejarnos en paz?

- No lo sé, Clark, es posible que no se acabe nunca... O es posible que acabe más bien pronto, eso dependerá de ti... Puedes decidirte a colaborar y ponerte a “negociar” con Alexandra o bien puedes quedarte impasible mientras Lana se consume lentamente y se acerca a la oscuridad – al llegar a este punto se sonrió, como si un recuerdo acabara de asaltarle la mente – ¡Hay que ver cómo le gustas a Alexandra! Yo hubiera echado mano de la ingeniería genética pero ella insistió tanto... Bueno, puede llegar a ser francamente persuasiva y, créeme, siempre consigue lo que quiere. Es una criatura increíble, una fuente de voluntad inagotable.

- Lex, ¿cómo puedes?, Se trata de tu esposa...

Lex sonrió en tono burlesco

- Clark, vamos. Es evidente que no somos el tipo de matrimonio al uso. Tenemos un proyecto común y eso es lo que nos mantiene juntos. Nada más. Por el amor del cielo, no es mi primera mujer, ni la segunda, ni la tercera. Se ha encaprichado contigo, eso es todo. Es lo justo si quiero tener el camino libre con Lana, ¿no crees?

Sintió cómo el fuego le subía a los ojos.

- ¡Eh! – se burló Lex – Cuidado Clark, se te están poniendo ojos como a un demonio...

Se concentró en la furia y las ataduras de los brazos comenzaron a ceder. Sentía una energía y un calor que le recorría el cuerpo. Con un gran esfuerzo consiguió rasgar las cuerdas. El ímpetu le llevo hacia adelante y le permitió golpear a su enemigo con toda la energía que le quedaba. Lex cayó al suelo, atónito.

Se incorporó rápidamente y agarró a Clark del cuello con sus guantes electrificados, obligándole a arrodillarse de dolor. Lex se puso a su altura, sin soltarle.

- Ella me ha pedido que no te marque el cuerpo ni la cara, así que esperaré a que termine contigo para romperte los huesos... Aunque bien mirado, tu me has dado un puñetazo y lo justo es que te lo devuelva... Seguro que lo entenderá.

Le golpeó, consiguiendo que sangrara por la comisura de los labios. Se quedó sentado, contra la pared.

- ¡Alexander Luthor! – era la condesa – Creía que teníamos un acuerdo.

Lex se quitó un guante y recogió con los dedos la sangre de los labios de Clark. Se encontró con la condesa en el pasillo

- Toma vampira, aquí tienes lo que tanto deseas – le pasó los dedos por el labio inferior -, es todo tuyo. Esta es la llave hacia el destino que ansías.

- También será el tuyo – ella le susurró y se fundieron en un beso.

- Mi paciencia no es infinita. Si no te sale bien, empezaré a aplicar mis métodos - Lex salió de la sala pasándose el dorso de la mano por los labios manchados - ¡Subid el nivel de energía! Ahora mismo no es seguro. Ha conseguido soltarse y no quiero correr riesgos – ordenó a los guardias.

Clark tenía los ojos entrecerrados. Desde el suelo podía ver a Lana en la pantalla. Dormía rígida, como una bella durmiente que llevara cien años esperando un beso. La condesa entró, cerró la reja y se arrodilló junto a él, el largo vestido negro esparciéndose a su alrededor.

 

 

- Tienes que perdonar a mi marido, es un bruto– sacó un pañuelo y empezó a limpiarle la sangre. Hablaba muy despacio –. Carece de sensibilidad suficiente para admirar lo hermoso que eres. Una criatura exótica, única en el mundo... Debería disecarte y ponerte con las panteras y los linces y las águilas. El animal más bello de mi colección...

- Eres una bruja.

Ella se sonrió

- Haré uso de mi brujería y te daré algo para te sientas mejor. Esto te quitará el cansancio y el dolor, te permitirá descansar. Me temo que después de haberte soltado no te dejarán estar sin ataduras pero les diré que te lo pongan fácil.

- No tomaré nada que venga de ti

- No seas desagradecido. Además, no será necesario. Se absorbe por la piel.

Ella había sacado un frasco de cristal que debía contener algún tipo de aceite. Al contacto de las manos de la condesa, Clark notó cómo le reaccionaba la piel. Era como un aceite de mentol, escocía pero dejaba una sensación tonificante. Empezó a sentir que los músculos se le relajaban y la tensión abandonaba su cuerpo. El efecto calmante del bálsamo era inmediato. Mientras, la condesa se deleitaba con el masaje. Las manos blancas y elegantes recorrían lentamente el pecho y la espalda de su prisionero, dejando una pátina brillante sobre la piel. Al principio le había dado fricciones más fuertes, intentando que el líquido penetrara e hiciera su efecto, pero poco a poco había bajado el ritmo. Cerraba los ojos y disfrutaba de cada centímetro de sus hombros, entregada a la sensual sensación del cuerpo resbaladizo y musculoso bajo sus dedos. Se le abrazó al cuello, untándose de aceite los brazos blancos y el encaje negro del pecho, untándose el terciopelo y el cabello que se le había soltado del recogido. Tenía la respiración pesada por la excitación y el deseo. Bajó despacio por los brazos y le cogió la mano entre las suyas. Se la acercó al rostro y se la ponía en la mejilla y se la besaba.

Clark la miraba con una mezcla de sensaciones. Su cuerpo había dejado de sufrir. Ya no sentía dolor, sino una intensa sensación de bienestar y relajación. Los párpados se le cerraban, hacía días que no se sentía tan descansado. El sensual masaje no le había dejado indiferente. Ella había conseguido llevarle poco a poco pero él no iba a seguirle el juego ni dejarse arrastrar. Se resistió a la caricia, apartando su mano del rostro de ella. Ella abrió los ojos y reaccionó. Intentó besarle pero él la detuvo a escasos centímetros del rostro, agarrándola por las muñecas. La miró fijamente a los ojos, sin pronunciar palabra. Ella seguía intentando llegar hasta él pero Clark se mostraba inflexible. Finalmente, la condesa abandonó y él, al notarla sin fuerzas, le soltó los brazos.

- Te dejaré reflexionar. Volveré muy pronto.

La condesa abandonó la celda, dejando a Clark solo, cabizbajo y cansado. Lentamente se incorporó y llegó hasta la cama. Necesitaba descansar.

 

* Drácula, Bram Stoker, 1897

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