7. La estela de un meteoro La esperanza es el único bien común a todos los hombres; los que todo lo han perdido la poseen aún*
Sentía los miembros entumecidos, paralizados, probablemente por efecto de la depresión. No le apetecía abrir los ojos ni moverse. Recordaba una ocasión en que había estado muy enferma, en un amago de pulmonía, a un par de meses de la boda. Los Kent habían insistido mucho en que se quedara en la casa con ellos, así que ocupó la habitación de Clark, escaleras arriba. Durante las dos semanas que estuvo sin apenas levantarse, él se había mostrado inseparable, arrodillado junto a la cama para que ella no tuviera que forzar la voz al hablar.
- Me acuerdo de cuando nos vimos en el cementerio, hace ya tanto tiempo... Estabas medio escondido entre las esculturas de los ángeles... Qué susto me diste, ¿qué hacías allí?
- Y yo que sé, ni me acuerdo, Lana eso fue hace mil años. El susto me lo diste tú que me dio un vuelco el estómago cuando, de todas las personas indeseables que podrían haber pasado por allí, viniste a aparecer tú...
- ¿De todas las personas indeseables aparecí yo?
- No, quiero decir...
- Me has llamado indeseable – ella se sonreía
- No me he expresado bien, ¿vale? Quería decir que podía aparecer cualquiera... No sé un tipo borracho, un saqueador...
- Vale, esta te la apunto – le dijo jugando, con la voz tomada
- ¡Lana! – se quejó - ¡Que no quería decir eso!
Ella se rió y le lanzó los brazos
- Cómo te pasas conmigo – se sonrió, poniendo cara de víctima – y eso que sólo faltan un par de meses – se inclinó sobre la cama para abrazarla
- Clark... – le dijo al oído
- Dime
- No te lo había querido decir pero ya me está poniendo un poco nerviosa...
- ¿Qué? – se separó de ella muy lentamente para mirarla a los ojos
- Pues que...
- ¿Qué? – sólo quedaban dos meses, ¿le estarían entrando dudas? Se veía cancelándolo todo
- Que no me pongo... Que no me llega...
- ¿No estás segura? ¿Ya no quieres casarte?
- No, mira, es que, vamos, aún es un poco pronto para alarmarse y eso pero, vamos, que, es que llevo ya dos semanas, nunca se me había retrasado tanto, espero que no vayamos a... – le miraba torciendo el gesto
Era demasiada información para Clark. Repasó mentalmente todo lo que acababa de decirle y la miró con gesto inquisitivo.
- Que... Crees que... Que...
Lana asentía
- Quizás...
Clark se quedó pálido. De repente se quedó bloqueado y le entró un agobio descomunal Le aterraba que esto pudiera pasar. Era algo que estaba fuera de su control. Si todo salía bien sería la mayor de las felicidades posibles pero si algo salía mal...
- Lana... – sentía un nudo en la garganta que le impedía hablar
- Está bien, Clark – viendo lo agobiado que estaba, intento quitarle hierro al asunto. Pocas veces le había visto tan preocupado. Había esperado una reacción más calmada por su parte, incluso que le hiciera algo de ilusión – Seguramente no será nada
- No es que no lo desee con toda mi alma. Incluso si no nos casáramos... Pero es que no quiero que te pase nada. Habrá que buscar algún médico de mucha confianza...
- No te preocupes. Vamos a dejarlo pasar. No adelantemos acontecimientos. Y si al final pasa, pues bueno, nacen niños todos los días, ¿no?, tampoco será tan grave.
Al final todo había sido una falsa alarma pero desde entonces Clark había insistido mucho en el tema y había multiplicado las precauciones por tres. Ahora, semanas después de haberlo perdido, Lana deseaba volver atrás en el tiempo y que aquel posible bebé se hubiera hecho realidad. Así no se hubiera quedado tan sola. Habría podido verle siempre a través de su hijo. No hubiera desaparecido del todo de su vida. Pero qué sentido tenía pensar ahora en todo aquello. Era demasiado tarde. La muerte de Clark se había llevado todas las promesas que había en su sangre, al igual que un meteoro al extinguirse arrastra consigo la luz de su estela.