Cuando Clark se apoyó sobre la arena de la playa y Chloe puso finalmente los pies en el suelo, ella se sintió mejor de lo que esperaba. Las islas habían resultado fascinantes desde el aire, la arena era extraordinariamente fina y dorada a la luz de la última hora vespertina. Olía a mar cálido y a trópico. Clark, sin embargo, parecía algo preocupado:
- Hay manifestantes fuera del hotel. Veinte o treinta personas.
- Vamos, Clark, sólo son un puñado de ecologistas. No pasará nada.
- Ya, pero... ¿Tienes que quedarte allí? – a Clark le parecía que no había sido muy inteligente reunir a los ministros de medio ambiente de medio mundo en el mismo hotel, en una isla apartada donde las medidas de seguridad no eran probablemente las mejores.
- Voy a una pensión vecina, el Chez Armelle. El Meridien estaba completo.
- Bien. Me voy entonces – dijo escuetamente antes de emprender vuelo hacia los cielos y desaparecer en un instante.
Chloe se quedó allí, mirando al azul vacío de nubes. Intentó no pensar en ello. En cómo le gustaba en realidad que se preocupara por ella. En cómo le echaba de menos cuando se iba. Se descalzó y enterró los pies profundamente en la arena , alternativamente, los dedos encogiéndose y estirándose, disfrutando de la sensación de humedad. El silencio sólo era mecido por el columpiarse de las ligeras olas. Todavía sentía el calor de Clark en su cuerpo, el recuerdo de la firmeza de sus fuertes brazos. Y ahora se sentía profundamente sola. Como cuando él se había marchado a Asia. Entonces se había dado cuenta de que estaba demasiado cerca, de que no lo había superado. Se había esforzado por estar a su lado durante la crisis de Lana y ahora tenía el corazón en un cepo. Y cada vez que se marchaba era peor. Se sentó y dejó que sus lágrimas le corrieran por las mejillas y dibujaran pequeños círculos húmedos sobre la arena.
Clark no se había ido muy lejos y escuchaba en la altura, entre las nubes. No podía dejarla, no así. No estaba seguro de qué le pasaba pero lo que tenía claro era que ella había estado ahí para él, en todo momento, sin reservas... ¿Y ahora él se iba a escapar?, ¿A la primera de cambio?, ¿Y en una isla, en medio de una crisis internacional sobre medio ambiente? La sola idea de que pudiera pasarle algo le ancló en mitad del cielo, no podía alejarse ni un centímetro de aquella isla, por mucho que se lo hubiera prometido... Sabía que si volvía, ella montaría en cólera o, aún peor, la fingiría... ¿era eso lo que ella quería realmente? A Clark a veces le asaltaba la extraña idea anidada en el cerebro masculino de que las mujeres daban múltiples rodeos a la hora de actuar, según sentían. Que a veces hacían una cosa pero tenían dentro otra muy distinta. Con Chloe nunca le había pasado... Hasta ahora. Ella era una mujer también. Y ahora que Lana no estaba, carecía de una amiga de confianza. Sólo le tenía a él. Era su responsabilidad y no le salía de las entrañas hacer otra cosa que mantenerse cerca de ella.
Decidió que la vigilaría de cerca, sin que se diera cuenta. Era la única solución posible.
 
Chloe se instaló en su habitación y salió a cenar al porche de la pensión, justo frente a la línea del mar. Bombillitas de colores se encendían y apagaban alternativamente en un arco sobre su cabeza, decorando la terraza. Las palmeras se agitaban sin violencia en la brisa caliente, envueltas en una incipiente oscuridad.
Era temporada baja y el lugar estaba vacío. Apuró a mordiscos la carne de coco, cuya cáscara rugosa y peluda sostenía sobre la palma.
Le costó dormir y luego tuvo un sueño intranquilo, en el que Clark le decía que se había reencontrado con su pueblo, que Krypton en realidad no había desaparecido, como él creía, y que se marchaba definitivamente de la Tierra. Se despertó con tristeza y, ante la imposibilidad de concebir el sueño de nuevo, se puso un sencillo vestido de tirantes azul y salió a dar un paseo por la madrugada insular.
La visión desde la orilla de la playa, a las cuatro de la mañana, la sobrecogió. La Vía Láctea se extendía majestuosa como un arco sobre el negro profundo del océano Pacífico: serena, profunda, fascinante. Nunca había visto tantas estrellas ni tan hermosamente dibujadas. Aquella playa en el fin del mundo parecía un mirador abierto hacia el cosmos, hacia una vista privilegiada del corazón del universo.

Caminó descalza paralela a la orilla, las olas bañando ocasionalmente sus pies, la falda del vestido agitada sensualmente por la brisa marina, bailando alrededor de ella.
De pronto, al pasar junto a un grupo de palmeras divisó un bulto que le resultó familiar: el rojo y azul era levemente distinguible a la luz de las estrellas. Se arrodilló junto a él, que estaba profundamente dormido, la espalda recostada sobre un tronco de palmera. A Chloe le enterneció profundamente el gesto. Era muy propio de Clark, aquella generosidad y sacrificio. Se le olvidaron las tensiones y las promesas que se había hecho a sí misma. Clark no lo podía evitar y ella tampoco. Las negras pestañas de él descansaban pesadamente sobre sus kryptonianos ojos, los cabellos desordenados contra el tronco rugoso del árbol, su rostro tranquilo y plácido. Era un placer poder disfrutar así de su belleza. No sabía hasta qué punto él llegaba a darse cuenta de lo hermosa que era físicamente su raza.

Él de pronto se revolvió en su sueño y entreabrió los ojos. La vio allí, sentada, los brazos alrededor de las rodillas. Una sonrisa en sus ojos y en sus labios.
- Chloe... – se aclaró la garganta – Perdona... Perdona que todavía siga aquí. Estaba cansado y... No es bueno volar cuando uno está cansado – improvisó -. Así que me quedé dormido.
Ella le sonrió y besó su mejilla.
- Sabes que no tienes por qué dormir en el suelo, ¿verdad? Aún quedan habitaciones libres en la pensión... Anda, ven.
Ambos decidieron que Clark se quedaría unos días. Chloe se había sentido tan triste durante toda la jornada que se rindió a que él permaneciera a su lado. No merecía la pena amargarse el viaje. Si debía separarse de él, mejor hacerlo en casa. Ahora intentaría disfrutar de su compañía, como amigo, como siempre. Sólo tenía que mantener controlados sus sentimientos.
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