Estaban los dos sentados en la cama del cuarto de Chloe, en la pensión, aún preguntándose qué era lo que les había estado a punto de pasar por encima.
- Nunca me había encontrado con algo así. Su origen debe ser extraterrestre…
- Está muy por encima de cualquiera de los fenómenos del muro. Es… Otro nivel – Chloe suspiró mientras se apartaba la melena del rostro. Con la espalda contra la pared se daba cuenta de lo cansada que estaba. Podía escuchar el sonido de las olas cuando reparó en sus manos y sus brazos, manchados de barro seco.
- Voy a darme un baño. Ha sido un día muy largo – dijo incorporándose.
Tomó el bikini y miró a Clark, que parecía absorto. Chloe se imaginó que sería por lo del extraño encontronazo con la criatura de la selva. En realidad él estaba pensando en lo mucho que le apetecía también bajar a la playa. Un baño nocturno en el mar. Una excelente idea…
- Clark… - insistió ella, mirándole con cara de circunstancias.
- ¿Qué?
- Podrías salir, por favor. Tengo que cambiarme.
- Ah, sí. Perdona.
La miraba cruzado de brazos desde el porche del Chez Armelle, a la luz de la luna. Con sus ojos poderosos podía verla perfectamente a distancia. Llevaba un bikini color café que contrastaba con su piel clara y luminosa. Qué extraño era todo ahora. No sabía que debía hacer o decir, qué podía molestarle y qué no. Allí estaba, apoyado junto a un poste despintado por el salitre, queriendo estar en el mar con ella pero sabiendo que no debía proponerlo, que podía producirse una situación incómoda… Con Chloe, una situación tensa, ¿pero por qué? Ya no estaban en el instituto, no eran niños despreocupados, otros factores que parecían resueltos fuera de la ecuación volvían a entrar en juego: el deseo y el amor. Tenía que ser eso. Por eso tenía miedo de hacer o decir algunas cosas, de que volviera a darse una situación como la de la cafetería del archivo municipal. La cuerda vibrante del sexo se había mantenido entonces entre ellos, tan evidente como si estuviera dibujada en el aire. Qué más quedaba por descubrir.

Ella salió del baño, frotándose la melena con la toalla, chorreando todavía el agua cálida bajo el cielo nocturno. Pasó a su lado sin detenerse apenas.
- ¿Aún estás aquí? Pensaba que te habías ido a dormir – dijo en la distancia mientras se marchaba a su habitación. Lió la toalla alrededor de su cuerpo. Clark la siguió.
Cuando ella iba a cerrar la puerta se lo encontró en el pasillo.
- ¿Qué pasa?
- Me gustaría hablar contigo.
Ella se miró de arriba abajo. Estaba aún mojada pero no hacía frío. No pasaba nada por esperar. Dejaría que Clark le dijera lo que tuviera que decirle y se cambiaría más tarde.
- Pasa.
Se sentaron ella en una cama y él en la de enfrente. La habitación disponía de dos, aunque Chloe sólo utilizaba una y Clark dormía en otra habitación. La luz del techo estaba matizada por una exótica lámpara de papel pero aún era brillante.
- ¿Y bien?
Clark estaba algo incómodo, era difícil para él expresarle sus dudas y sus pensamientos tan claramente. Su timidez natural se había instalado de nuevo por completo y ella no parecía ponérselo fácil con su demandante actitud. Empezó lentamente, con inseguridad, intentando escoger las palabras.
- Quería continuar las conversaciones que quedaron pendientes en Metrópolis. Sé que tú también lo has notado. Las cosas no son como antes. Te veo cambiada…
- Es que la gente cambia, Clark, todo cambia, es lo natural… - aquella interrupción no ayudó.
- Pero te veo cambiada respecto a mí. A como te comportas conmigo. Y no me gusta. Me gustaba más cuando teníamos confianza. Cuando no había nada interponiéndose entre nosotros…
- Las cosas no siempre pueden ser como a uno le gustaría que fuesen. Tú lo sabes mejor que nadie – Chloe se defendió psicológicamente. Parecía dispuesta a evitar una conversación de tintes personales a toda costa, pero Clark insistió con renovada decisión.
- Creo que no tendría por qué ser así. Yo también estoy cambiando, siento de forma diferente. Creo… Pienso… A veces te miro y…
Chloe contuvo el aliento en el momento mismo en que se fue la luz. De pronto el único resplandor presente fue el nacarado reflejo que venía de la ventana, sobre el océano. La habitación permanecía oscurecida y silenciosa, con el único vaivén rítmico de las olas.
- Cortes de luz – dijo él, liberando la tensión -. Ya me lo advirtió el dueño.
A Chloe también se lo había advertido. Se levantó, dejando caer la toalla hasta los pies, y se dirigió hacia la vela sobre la mesa, sólo para tropezar con la mano de Clark, que había hecho lo mismo. Le recorrió el cuerpo un estremecimiento de anticipación y nervios. Se agarró a la vela y la levantó, entre ellos. No recordaba dónde podía haber cerillas o mecheros.
Un resplandor cálido iluminó de pronto el espacio aéreo entre sus rostros. En los ojos de Clark se deshacía el ribete de ascuas, extendido por sus iris, aún incandescentes. Estaba a pocos centímetros de ella.
- ¿Que estabas diciendo? – le preguntó ella, temblorosa, en un susurro, intentando por todos los medios que hubiese algo tangible: palabras, ideas, lo que fuera, en aquel vacante espacio entre los labios de ambos.
Él la miró en silencio, incapaz de decir nada. Su cabello rubio mojado, reflejando la luz de la vela, su cuerpo en traje de baño, extremadamente cercano. Sus labios a una distancia ínfima, con el único obstáculo del aire nocturno. Se acercó aún más a ella, lentamente, concediéndose todo el tiempo del mundo para recorrer aquellos centímetros.
- Me gustas… Me gusta lo que siento ahora – le confesó casi rozando su boca – y quiero saber si tú sientes igual.
Ella tomó aire profundamente; Se había olvidado de seguir respirando. Al hacerlo le pareció aspirar dentro de su pecho todo el olor de él. No el perfume de su champú o de su colonia. El olor de su cuerpo masculino, el olor de su piel. Asintió muy levemente, enamorada de los pies a la cabeza. Tenían la frente apoyada el uno en el otro, se rozaban ya levemente los labios. Ambos respiraban aceleradamente mientras contenían su deseo, todo lo que sentían en aquellos momentos. Finalmente Clark la tomó del rostro y la besó y ella le devolvió los besos intensamente. Se besaron una y otra vez hasta que se extinguió la llama y se abrazaron en medio de una oscuridad que ya no lo era tanto, iluminados por la plata selenita del hemisferio austral.

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