Después de dejarle, Chloe cerró la puerta de su habitación y se tapó la boca con la mano para evitar que los sollozos se le escaparan. No estaba segura de cómo había podido mantener una actitud tan dura delante de él, tan injusta. Pobre Clark. Ella había mostrado una imagen insensible y fría, una cruel actuación pero que ella juzgaba necesaria para sobrevivir. Y todo aquello que le había dicho sobre el peligro, ¿cómo había podido decirle algo así? Qué cobarde había sido. Sacar el tema de su condición especial en el mundo, de los riesgos y el difícil compromiso… Aquel no era el problema en absoluto. Había generado una cortina de humo densa y alta para poder ocultar su miedo miserable a sufrir… Pero de otra forma. De la misma forma en que había sufrido siempre por él, que siempre había estado tan por encima y ella tan por debajo. Su miedo a ser abandonada. A veces pensaba que podía venir de lo que le había pasado con su madre o, simplemente… Porque sabía que Clark nunca había estado enamorado de ella, porque en el fondo pensaba que otra Lana aparecería en cualquier momento y le arrebataría aquella fantasía que por momentos parecía vivir a su lado.
Reparó en las flores que él le había dejado sobre la cama. Flores enormes. Rojas, azules, amarillas. Los colores del traje de Supermán, su firma imaginaria.
- Oh, Clark… - decía mientras las estrechaba entre sus manos, ¿es que era inevitable sufrir por su causa? Por un motivo o por otro, Clark era la persona por la que más lágrimas había derramado en su vida. Estar cerca de él era lo más complicado del mundo.
***
Llegó la noche y Chloe se preparó para la cena de periodistas de despedida en el Meridien, después de una semana completa de trabajo. Se ajustó el vestido corto de seda natural, en color crema, atado por detrás del cuello, los tacones blancos, los pendientes alargados, abriéndose paso desde la melena hasta su cuello. Los párpados parecían aún algo claros, les añadió algo más de sombra. Tomó el chal y el bolso francés que había comprado de última hora en uno de los centros comerciales de la isla. Con lo precipitado del viaje había olvidado tomar ninguno adecuado. Se miró al espejo. Se veía guapa pero era todo una fachada. Su corazón estaba profundamente triste.
Salió a paso ligero y tomó el camino que llevaba a la carretera principal cuando se paró y miró atrás. Le dolía el estómago. Eran los remordimientos. A pesar de todo lo que había dicho y hecho, Clark no se había ido. Dijo que quería estar a su lado “por si surgía alguna emergencia”, que no se iba a marchar antes de tiempo. Se sintió en la obligación de decirle que se marchaba. Volvió sobre sus pasos y llamó a su puerta.
Nadie contestó. Llamó de nuevo pero no hubo suerte. Clark podría estar en cualquier sitio, en un rescate, deteniendo a terroristas, evitando un desastre natural. Fuera lo que fuese, no estaba allí. Con una mezcla de alivio y pena, tomó el camino hacia el hotel.
***
La recibió el presidente de la asociación de prensa.
- Está usted preciosa, señorita Sullivan, permítame que la acompañe.
La sala de recepción del Meridien estaba atestada de periodistas, cocktail en mano, martinis con olivas y estilizados adornos, nada de sombrillitas de papel. Se oían múltiples conversaciones, matizadas por la música en vivo de un piano de cola. Divisó a lo lejos a Connor, del Irish Times, un reportero pelirrojo de unos treinta, y a Billy, del Washington Post, cincuentón tranquilo y a vuelta de todo, que solían hablar con ella a la hora del café. No tenía ganas de hablar, era lo último que le apetecía, pero cuando ambos periodistas le hicieron un gesto de saludo no tuvo más remedio que participar del ejercicio de socialización al que le obligaban aquellas situaciones
- Estoy terminando el reportaje, en realidad este es el último añadido a una larga serie de investigaciones
- Ah, ojalá mi periódico me diera tiempo para investigar – respondió Connor -. No me dejan un tiempo decente para un reportaje desde ni recuerdo cuándo. Todo es el aquí y ahora, la noticia pura y dura, hoy es lo más importante del mundo y mañana un pedazo de papel arrugado en una papelera o bajo los pies de cualquiera en el metro… Estoy cansado de este ritmo…
Connor podía hablar durante días enteros, incluso antes de consumir alcohol, no en vano era irlandés y le contaba su vida a todo el que podía y sin embargo Chloe no podía prestarle ninguna atención a lo que estaba diciendo. Allí al fondo de la sala estaba Clark Kent, destacando fácilmente entre la multitud, la chaqueta sujeta sobre el brazo, las mangas de la camisa blanca remangadas. Hablando con todo el mundo como si nada.
- Perdona un momento… - dijo ignorando a Connor.
Se dirigió hacia Clark, que estaba en medio de una poco profunda conversación
- No te he visto por aquí durante los días que ha durado la cumbre, ¿estás seguro de que eres periodista? – Helen Langley, brillante, graduada por Harvard en derecho y comunicación de masas. Trabajaba en el gabinete de prensa de la Casa Blanca. Y además era guapa. Chloe la dejó con la palabra a medias.
- ¿Podemos hablar un instante?
Se lo llevó a un aparte junto a la lujosa terraza, mientras se cruzaba de brazos.

- Podrías haberme dicho que ibas a venir...
- Estás muy guapa – le dijo él sin darle tiempo a reprocharle nada más. Chloe se quedó cortada y bajó la vista. Ante el silencio prolongado, él continuó -. Escucha, no pensaba venir pero se está acabando el tiempo y sigo teniendo sospechas. Quienquiera que esté planeando algo peligroso, tiene que actuar esta noche. Tenía que venir de todas formas, ya fuera como Clark o como Supermán.
Chloe se sintió frustrada y agitada por esta respuesta. Claro, qué tontería. Cómo iba a pensar que había venido por estar cerca de ella, por compartir la fiesta a su lado, como su pareja. Ella era la que le había obligado a que se alejara. Era merecidamente culpable de una respuesta así. Las lágrimas se asomaron a sus ojos. La mezcla de la sorpresa por verle allí, los recuerdos de besarle, de intentar separarse, pero él se reponía de todo, era el hombre de acero, hacía lo que tenía que hacer.
- Entonces, ¿por qué no has venido como Supermán?
- ¿Es que entonces dolería menos?... Quiero decir… ¿Saber que estoy aquí tan cerca de ti y que nos queremos y que no podemos besarnos o abrazarnos, fingir que no nos pasa nada, por no sé qué razón que no comprendo todavía? Porque para mí sería igual de doloroso, Chloe, yo soy la misma persona todo el tiempo. Y sufro igual, ya sea mientras llevo un traje y estoy pendiente de que no pase nada malo o si soy simplemente Clark. Sé que mientras soy Supermán no podemos estar juntos, que es imposible, pero de la otra manera… Podríamos estarlo y no lo estamos porque tú no quieres.
- Porque yo no puedo…
- Lo que sea. No sé cuál es la alternativa pero ésta no es la correcta. Te está rompiendo el corazón y a mí también – le limpió la lágrima que caía por su mejilla, enmarcada por el pelo rubio –. He estado pensando en lo que me dijiste, Chloe, y no acabo de comprenderlo. Tú siempre me has apoyado. Siempre has entendido que tenía que arriesgarme y a pesar de todo…
- Si hubiera sabido que venías, no hubiera venido yo – dijo ella para evitar tener que hablar.
- Vaya – retrocedió Clark -. Esa si es una política valiente. Evitarnos. Quizás así podamos llegar a ser, no amigos, sino quizás ni eso – por primera vez, Chloe veía que Clark estaba enfadado por todo aquello -. Aprovecha que estoy de incógnito. Soy mucho más fácil de ignorar así.
***
La cena transcurrió lenta y sin interés para Chloe, sentada entre Connor y Bill: el primero hablando sin descanso y el segundo asintiendo durante toda la noche. De vez en cuando miraba hacia el final del salón, donde Clark hablaba con la tal Helen, que le había buscado un sitio a última hora. Él tenía razón. Mientras estuviera lejos de su ambiente laboral por lo menos podía olvidarse de él pero verle aquí, ahora, en una situación en que todo podría ser de otra manera, y tener que fingir que no le pasaba nada por dentro, era demasiado.
Cuando, mucho más tarde, anunciaron los fuegos artificiales, cortesía del hotel para despedir la cena, Chloe ya estaba harta de la cena, de sus remordimientos, de esperar que Clark la mirase, de pensar que él no podía entenderla. En el fondo tenía un temor muy simple: el de que él descubriera que la prefería como amiga que como pareja, pero también se daba cuenta de que el paso estaba dado y si seguían así podían perder no sólo la oportunidad de algo más, sino quizás también la amistad.
Cuando todo el mundo bajó a la playa para ver mejor el espectáculo, ella se quedó en la terraza. No había nadie más.
- Señorita, ¿no baja usted también? – le dijo el maitre – Aquí tenemos que apagar las luces hasta que termine el espectáculo para evitar la contaminación lumínica. Son órdenes de la dirección…
- Si no le importa me quedaré aquí. Puede apagar, no pasa nada.
- ¿No tiene miedo de que le pase algo malo, aquí sola y sin luz?
Chloe sonrió tristemente.
- En realidad, no.
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