1.6.08

Primavera holandesa

Las hairy coos no viven sólo en Escocia...


Recorrido en bicicleta por Marken


Vista desde Marken








Y de postre, vista de la ciudad de Luxemburgo y de un castillo cercano a la misma




Todas las fotos son de Eladio López

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29.4.08

En busca de Dyfed

Aquí, nuestras fotos de Stackpole-Warren, en el parque nacional costero de Pembroke, Gales, en el antiguo reino medieval de Dyfed




Bosque de Ciarán y Olwen
La preciosa St. Govan´s Chapel



Vista desde St. Govan

Rocas en las que St. Govan se escondió de los piratas que le perseguían


Barafundle Bay: playa de Ciarán e Aoife






Playa de Barafundle


Camino a Barafundle Bay


El "gorse" típico de la zona (aulaga)

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4.4.08

Britannia romana

En nuestro periplo por el suroeste de Inglaterra encontramos muchas señales del paso de los romanos por allí. Es fabuloso todo lo que se conserva y en qué condiciones. Recomiendo mucho el paseo Google Earth sobre la muralla de Adriano (Hadrian´s wall). Pese a lo que uno pueda pensar, esta proeza romana se conserva prácticamente entera y desde el aire se puede ver perfectamente, no solo la propia muralla, sino todos los asentamientos, fortalezas y trabajos del terreno, pozos, etc. que hicieron las legiones durante su estancia allí. Sólo hay que localizar las fotos que la gente ha ido poniendo para recorrerla y es todo un placer para los amantes de la arqueología (o del Google Earth)


La diosa triple celta en los baños de Aquae Sulis (actual Bath)


Fusión de la diosa celta local Sulis, con la diosa Minerva, lo que da a la ciudad el nombre de santuario de Sulis Minerva. En el medallón se funden, en el pelo, los atributos solares de Sulis y las serpientes de Medusa, símbolo de Minerva (Atenea griega). Los baños son considerados también un lugar religioso (agua y religión van unidos tanto como para romanos como para celtas) y se conservan las ruinas del templo, los patios y varias salas termales.

Las fuentes curativas de Sulis Minerva. En el agua se han encontrado depósitos de ofrendas y objetos perdidos, así como maldiciones escritas en plomo y plegadas sobre sí mismas.

Ejemplo:

Docilianus… A la más sagrada diosa Sulis. Maldigo a aquel que me ha robado mi capa con capucha, hombre o mujer, esclavo o libre... Que la diosa Sulis le envíe la muerte y que no le permita sueño ni hijos, ni ahora ni en el futuro, hasta que retorne mi capa con capucha al templo de su divinidad.

Qué barbaro, todo por una capa, que encima él mismo se había quitado para bañarse en el agua... Deberían haber puesto carteles como los de ahora: "no descuide sus pertenencias" o haberla dejado en una taquilla, que para entonces ya los romanos usaban en los baños.







Anfiteatro de Isca Caerleon, fortaleza-campamento de la Legión II Augusta, cerca del actual Cardiff. Este es el asentamiento legionario mejor conservado de la región, con muro, zanja, etc.





Romano y celta britano en el Museo de las legiones romanas de Caerleon



Vista nocturna de la playa de Dorset, lugar cerca del cual, según algunos, se encontraba Banna Venta Berniae (el mercado de la lengua de tierra), donde se crió San Patricio. Esta sería la playa donde desembarcaron los piratas que le capturaron.

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28.3.08

En busca de Camelot


Se piensa que el TOR de Glastonbury es la colina sobre la que en otro tiempo se asentó la famosa Camelot (el hillfort se ve muy bien desde arriba, con Google Earth).
Como se sabe son muchas las diferencias entre el Arturo medieval que ha pasado a la posteridad y el que se cree que pudo ser el rey que le sirvió de base histórica, gobernante de un pequeño reino parecido a los túatha irlandeses, habitando una construcción de madera y rodeado por una banda de guerreros fieles al modo de los fianna del ciclo feniano. Una figura no muy alejada del Coroticus que aparece en los escritos de San Patricio, saqueando las costas irlandesas o de Ingcél
Cáech, hijo de un rey de los britanos, que iba saqueando territorios vecinos en la propia Albión.

Ahora bien, pese a lo diferente, el ciclo de leyendas artúricas condensa un gran número de mitos que son herencia directa de sus antecesores celtas o que son similares en otras culturas indoeuropeas. Su concepción se produce en extrañas circunstancias y mediante el engaño y luego pasamos a su adopción y crianza desconociendo su orígen (¿quién no recuerda al muchacho de Merlín El encantador?). Pues bien, este hijo famoso, de ascendencia principesca, que acaba entre porqueros o campesinos para recuperar luego su justo lugar (se le reconoce por marca de nacimiento, revelación mágica, reacción de la espada en su mano, reacción de la puerta que se le abre...) se nos aparece innumerables veces en las historias irlandesas (Cormac Mac Airt), griegas (Zeus, Edipo, Hércules), romanas (Rómulo y Remos), vidas de santos (ya hablaba del caso de San Ailbe en el post de Santos guerreros) e incluso en reelaboraciones posteriores como las de Tolkien (Aragorn o Túrin, que pasan su infancia entre extraños, ocultando su origen) o Disney (La Bella Durmiente).
Además de este mito tan interesante, tenemos otros clásicos, como el triángulo de la traición de la esposa con el joven guerrero (Diarmuid y Gránnia, Deirdre y Naoise o Tristán e Isolda) y el viaje a las islas del más allá.


La actual Abadía de Glastonbury se asienta sobre construcciones muy anteriores. Se dice que podría ser el lugar donde está enterrado Arturo (vaya tontería, todos sabemos que sigue vivo en Avalón, esperando el momento de regresar) y también donde podría estar enterrado Palladius, primer obispo de los irlandeses (antes que San Patricio) y conocido como Senex Padrig (Patricio el Viejo) en los anales.

Aquí el castillo de Pembroke, en Gales (la región con mayor número de castillos por kilómetro cuadrado del mundo), que es como solemos imaginarnos Camelot. Abajo, cisnes retratados por Eladio, maestro de la luz y la composición :P


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26.3.08

Círculos de piedras

Después de Dorset nos dirigimos hacia Stonehenge y Avebury, que se encuentran en el suroeste de Inglaterra, camino de nuestro destino final: Gales.
Para el primero de los dos círculos, el más famoso, se utilizaron piedras de dos tipos: las que aparecen más grandes, que son autóctonas (acarreadas unos 20 km) y las pequeñas del círculo interior (Preseli Bluestone), traídas de Gales (unos 300 km.), aprovechando seguramente las vías fluviales. La temperatura de ambas es diferente: al poner la mano sobre las segundas, deberían estar más frías (pero nosotros hicimos la prueba y depende mucho de donde se proyecte el sol). Erigido por los neolíticos y dispuesto en forma de calendario, sigue permaneciendo como un paisaje misterioso que atrae a miles de turistas al día (doy fe). A pesar de la gente y de las expectativas, el monumento no decepciona: la fuerza del viento y de los elementos ayudan a dotarlo de un áura mística que es difícil encontrar en otros lugares.






Hacia el norte se encuentra Avebury, el círculo de piedras más extenso del mundo: un pueblo entero se encuentra construido en mitad del mismo. Al igual que en Stonehenge y otros lugares sagrados (como las colinas irlandesas: Tara, Emain Macha (Navan Fort), Cruachain, etc.), se encuentra protegido por zanja y resalto. Al contrario que en los monumentos defensivos (hillforts, fuertes, castillos), en los lugares sacros la zanja y resalto se construye a la inversa, es decir, de adentro hacia afuera. De esta manera, es a las fuerzas divinas del monumento a las que se mantiene en el interior, para que no salgan, mientras que el mundo exterior queda defendido. Esto se ve muy claramente en los extraños anillos que se aprecian alrededor de Tara en las vistas aéreas. Las defensas de tierra de estos lugares no son para que los invasores de fuera no entren, sino al revés, para lo que hay dentro no invada el mundo de los vivos...


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25.3.08

Acantilados blancos

Los acantilados siempre resultan fascinantes, una frontera abrupta entre el cielo, la tierra y el mar. No pertenecen a uno ni a otro, sino que se trata de una zona magnética, contradictoria, vertiginosa: su belleza es irresistible pero su peligro te paraliza. Me encanta acostarme en la línea de los acantilados (Dún Aenghus, Usambara...), pero los acantilados blancos de Dover son de los más hermosos y particulares del mundo.


Son los que dan el nombre antiguo a la isla de Gran Bretaña (Alba o Albión). A menudo las tierras de los inmortales (concretados en islas misteriosas en occidente, en el caso de gran parte de la mitología Europea) se imaginan blancas. El blanco es, además, el color sobrenatural de los celtas. Podemos imaginar a muchas generaciones de hombres acercándose en sus barcos a esos imponentes muros, pensando que quizás habían llegado a las tierras imperecederas.












Este de arriba es un barco de la edad de bronce (1550 BC) utilizado para cruzar el mar y su réplica (segunda foto). Los amarres para unir las partes son de sauce y se empermeabilizaba con musgo y cera de abeja para que no entrara el agua.

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18.11.07

La noche del mundo cae sobre Usambara

Al acercarse al borde de un acantilando, cuando quiere uno asomarse hasta el límite mismo de su herida, es necesario hacerlo acostado. No es por el vértigo, como podría parecer, sino porque el borde de un acantilado es una línea invisible que separa dos mundos, que separa lo posible de lo imposible, y si la cruzas te quema el aire, como hace con los meteoros cuando se atreven a entrar en la atmósfera.

Al acostarse uno sobre ese tabú rocoso, puede sentir el íntimo abrazo de esas dos esferas, cómo se entraman en esa línea magnética, donde hay que domar el instinto sobre la roca con la palma muy abierta, durmiéndolo despacio, acariciarlo para que no huya ante las fuerzas que allí actúan.

El cuerpo se alivia al sentir la gravedad, la forma de la roca. Clava las rodillas por mantener el pulso, goza de compartir un poco del dolor físico, terreno. El espíritu, mientras, se mantiene tirante sobre el abismo, asomado en altura, libre al fin de la rueda de las reencarnaciones. Por un momento. Un momento ilusorio y sin embargo imperecedero. Y en esa tensión dulce, donde todo está bien, donde cada parte del ser permanece al fin en su mundo propio y original, correspondiente, la noche se eterniza sobre montes prehistóricos y despuntan arañazos de hogueras, descosidos de fuego sobre inmensas llanuras, el punzón ardiente de los hombres sobre el manto de la tierra.

Las humaredas grises se desperezan a ras del suelo como vastas criaturas de un continente perdido. Se impone la sensación definitiva de que el mundo, la naturaleza, el cosmos, seguirán adelante sin nosotros, más allá del hombre y de su tiempo.

Cuando estoy en mi cama aún cierro los ojos e imagino que estoy allí, sobre aquella roca, deshaciendo el liquen bajo mi mano abierta, acariciando África, mientras la brisa lo duerme amorosamente todo y me incluye en ese todo, mientras la noche del mundo cae sobre los altos montes de Usambara.


Texto de Ana B. Nieto
Fotos de Paco Nieto





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14.10.07

“Un corazón caído ya no puede levantarse” (proverbio masai)








En la religión masai sólo existe una certeza: que el hombre vive y muere solo.

Puedo ver al masai recorriendo con su ganado el anillo del crater, bordeando la olla original, el alba de los tiempos, la génesis de la historia, levantando un camino de polvo a su paso. El polvo que enterró a sus antepasados y que enterrará a sus descendientes.

Avanza bañado en la luz balsámica de una sopa primigenia, el aire cálido y palpable de África que lo funde y lo unifica todo, hace que el cielo y la tierra desdibujen sus límites y deja al masai y a su estela de ágatas interminables caminando sobre el vacío cósmico, intemporal.

Que el hombre vive y muere en soledad es una certeza tan primitiva como el paisaje del Ngorongoro, un océano tibio de aislamiento, el dorado molino de Dios, cuna de la alquimia primitiva, donde todos los colores se filtran a través de una sustancia que los suma a todos ellos, esa luz que los enciende y los hace desvaídos y uniformes. Sobre la banda azulada que sirve de horizonte se extiende una marea pajiza con regueros verdes, meandros en fuga, escapando allá donde salpican los riachuelos y las veredas de los lagos.

Por esa vastedad opaca y luminosa, por esa paleta primeriza y evanescente, va errando el masai con su constelación oscura y mugiente, que se arrastra por las laderas de las montañas, incapaz de conquistar la inmensidad, insignificante, arrinconada contra la vasta pared del valle.

El Ngorongoro es muy antiguo, anterior al capítulo bíblico en que Dios otorga la Tierra al hombre para que la domine. Pertenece a textos anteriores. Es anterior a la separación del cielo y la tierra por el dios Engai, el dios masai de la creación. No ha sido otorgado, no puede ser conquistado. Dios ha preservado su caldero luminoso tal y como era cuando estaba soñando y esbozando todo lo demás, y el cráter guarda aún los difuminados y borrosos de sus bocetos, los colores experimentales, la base mezcladora de la que surgió la vida.

Al borde exterior de este gran silencio, desterrados del paraíso, los círculos de estacas de los kraal masai se agarran a las tierras con las uñas y los dientes propios de la épica humana cuando se empeña en sobrevivir en los confines del mundo, en las fronteras de lo permitido por la naturaleza. Los hombres se anclan a los desfiladeros de la tierra, ya sea en los acantilados rocosos de las islas de Arán, en la mampostería de hielo de los polos o, como aquí, como univalvos besando los muros de un volcán extinto.

Desde su borde mira el masai, sin dudas, antes de iniciar su travesía, antes de descender a la atávica sustancia de amaneceres permanentes y perderse por sus caminos. Seguido de toda su riqueza, arrastra su manchado ganado bovino como una red ostentosa de perlas negras, detrás de sí. Su manta roja, como una llamarada viva, alumbra el camino a su cohorte ciega en mitad de ese espacio indefinido que es el Ngorongoro, abriendo a la vez otro camino, el de la poesía, en su inmensurable metáfora de la soledad humana.
Texto Ana B. Nieto
Fotos Eladio López















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9.10.07

Ptolomeo y las fuentes del Nilo

Hoy aparecía en las noticias el siguiente titular:


El mapamundi fue arrancado de una edición rara de la obra Geographiae, de Claudio Ptolomeo (siglo II después de Cristo), correspondiente a la edición de Roma de 1508. Contiene el primer mapamundi de la historia en el que hay una referencia al Nuevo Mundo. Un ejemplar similar de este libro fue vendido en Londres el pasado octubre por 500.000 euros.


El mapa de Claudio Ptolomeo (hacia el 150 A.D.) resulta fascinante todavía a día de hoy. Ptolomeo estaba en contacto con la escuela de Alejandría, en la famosa Biblioteca, y eso le permitió reunir datos sobre regiones excepcionalmente remotas y exóticas para su época. Científico total, Ptolomeo escribió, además, tratados de astronomía/astrología, teoría musical y óptica.
No se conserva ningún mapa gráfico reproducido fielmente del suyo, pero sus abundantes descripciones han permitido recrearlo, siendo el más antiguo que poseemos, de entorno al 1300.

El primer mapa que se posee de Irlanda se lo debemos a Ptolomeo. En él, se sitúa la capital, Ivernos, en Munster. De este nombre viene la famosa Hibernia, nombre que dieron los romanos a la isla. Es fascinante como, a base de hablar con comerciantes y viajeros, consiguió recopilar tanta información de un lugar que en su tiempo parecía poco menos que el fin del mundo (haz click para ampliar los mapas).



Pero sin duda uno de los grandes misterios del mapa de Ptolomeo fue la situación, recordemos que estamos en el 150 A.D., de las fuentes del río Nilo, que hasta entonces se llamaban las "bocas del cielo" y que los egipcios, en su mitología, creían que bajaban directamente de las nubes, como cascadas colgantes. Este mapa será considerado fantástico, durante mucho tiempo, y el sueño de "descubrir" las fuentes del Nilo obsesionará a muchos hombres a lo largo de la historia, especialmente durante el XIX, el siglo de las grandes exploraciones a través del continente africano.


En este mapa se aprecia claramente la situación de ambos lagos, al sur del Nilo.

Tomo los siguientes pasajes del libro de Javier Reverte, El sueño de África:

Los egipcios lo consideraban sagrado, le concedían rango de dios, y su mitología afirmaba que nacía de las bocas de los cielos, cayendo en cataratas sobre la tierra y creando vida a su paso en el camino hacia el mar.

Herodoto había navegado su corriente desde la desembocadura hasta la isla Elefantina, en Assuán. El geógrafo griego Tolomeo lo llamó Padre de los ríos y trazó el mapa según el cual el Nilo nacía de dos grandes lagos, en los que se vertía el agua del deshielo de las nieves de una cordillera de elevadas alturas, a las que bautizó como Montes Lunae, las montañas de la luna.

Al parecer, Tolomeo las llamó así por el aspecto que sus cumbres ofrecen cuando la luna golpea sobre las montañas y el cielo está despejado de neblinas, pues en ellas se refleja el satélite como en un espejo. En cuanto a Ruwenzori, su otro nombre, la palabra significa "el lugar donde se hace la lluvia" o bien "la gran hoja donde hierven las nubes".

Hubo expediciones en la Antigüedad, entre ellas una ordenada por Nerón, pero todas fracasaron. Más allá de Jartum, la capital de Sudán, el río se divide en múltiples brazos y llegan hasta su cauce aguas venidas de las montañas de Etiopía, lo que hoy se conoce como el Nilo Azul. Las ciénagas no navegables y los territorios de jungla pantanosa impedían el paso a los audaces que se atrevieran a llegar hasta allí.

Basó su trabajo, en parte, en la recolección que había hecho Marinus de Tiro, quien, a su vez, había recibido la información de un comerciante griego llamado Diógenes. Este hombre, a mediados del s. I, había desembarcado en un puerto de las costas del Índico, quizás el actual Pangani, en la costa de Kenia, y desde allí emprendió viaje hacia el interior de África".

Las migraciones Masai a partir del XV, bajando desde Sudán, bloquearon la zona al paso del hombre blanco, y el misterio de las fuentes del Nilo se perdió durante años, hasta que unos misioneros proporcionaron el "mapa babosa" a Speke y Burton, y el primero acabó "descubriendo" el lago Victoria. El lago gemelo, el Alberto, que también había dibujado Ptolomeo, fue descubierto por Baker. Stanley se encargó de descubrir las montañas de la luna y de ratificar los descubrimientos anteriores. Esto dejó fuera otras teorías, como la del propio Burton, que aseguraba que el Nilo nacía en el Tanganika, o la de Livingstone, que se la atribuía al Lualaba.
He aquí, el punto justo donde nace el río Nilo, como una corriente que surge del Lago Victoria. Somos unos privilegiados por poder observar sin esfuerzo aquello que llevó a la muerte a cientos de hombres románticos y aventureros.








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3.10.07

La luz del Serengeti







El Serengeti, la llanura sin fin, estaba lleno de vida pero también de muerte.

Había sobre aquella luminosa y reveladora extensión una inquietante mezcla de libertad radical y de inmensidad desoladora, como una plataforma para que el hombre mzungu pudiera experimentar con la química del primitivismo, el instinto, la mística elemental, la ligadura de la tierra, todos ellos elementos que aún podía rastrear en el trazado de su herencia, como se rastrean los polvorientos caminos de la trashumancia, olvidados entre pueblo y pueblo, apartados de los mapas y sus arterias de asfalto.

El Serengeti parece ser un lugar definitivamente fuera de lo moral, siendo lo moral exclusivamente humano, un producto de nuestra mente. El Serengeti es, simplemente, y lo bueno y lo malo, lo cultural, queda fuera de sus luminosas fronteras, siempre vaporosas, siempre veladas en la distancia, protegidas en sus ínfulas oníricas, en la azulada niebla fría que da forma a sus montañas.

Esta ausencia de moralidad y del elemento humano no lo hace salvaje o peligroso, sino todo lo contrario: pacífico, armónico, inmutable, tan preparado para la clarividencia que en sus cielos se pueden distinguir perfectamente todos los estados atmosféricos. Los rayos del sol se vuelven físicos contra el lomo tormentoso de las nubes. Las lluvias se adivinan como telones ondulantes que emborronan las distancias y son corridos lentamente por una mano invisible al avanzar a través del cielo, como una manada de gigantescos elefantes que, parsimoniosos, recorrieran el paisaje en lontananza.

La luz del Serengeti es su elemento más característico y esencial, la delicia del ojo entregado a los placeres de las acuarelas y las veladuras pictóricas. Su tiempo inmutable se entretiene y naufraga en el galopar equilibrado y sinuoso, irreal de tan extraño, que tienen las jirafas, pierde su fuerza tránsfuga en la solidez de las patas de elefante, se estanca irremediablemente en las piscinas turbias de los hipopótamos y en los estómagos llenos de huesos de las hienas.

Cráneos aislados y remotos a lo largo del camino, empequeñecidos aunque significantes de esa naturaleza circular de la que a veces queremos separarnos, contrastan con los esbozos lejanos de formas montañosas, titanes volátiles como ala de Titania, como ala de libélula que se desvanecen, se evaporan, se desmayan en la distancia, exhaustos por el peso, dormidos en el bálsamo tse-tsé de la luz del Serengeti.
Texto: Ana B. Nieto
Fotos (Mburu, Masai Mara, Serengeti): Eladio López











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